Presupuesto o postureo: la verdad sobre innovar

Presupuesto o postureo: la verdad sobre innovar

Hay días en los que salgo de una reunión y me queda una sensación rara. He escuchado a varias organizaciones hablar de innovación con la misma convicción con la que se recita un mantra: es importante, está en la estrategia, hay que innovar. Y, sin embargo, cuando intentas bajar el discurso al suelo —al día a día, a la operativa, a las decisiones— aparece el silencio: casi nadie ha decidido qué significa innovar en su contexto… ni qué está dispuesto a cambiar para que ocurra.

Por eso sigo pensando que innovar no debería ser como deshojar una margarita. No es “hoy sí, mañana no”. No es “cuando tengamos tiempo”. No es un acto de fe. La innovación exige decisión sostenida. Exige método. Exige renuncias. Exige rutinas. Y exige algo todavía más incómodo: que toda la organización se mire al espejo.

Con demasiada frecuencia veo organizaciones orgullosas de su I+D, de su capacidad tecnológica, de sus equipos brillantes. Y me parece bien. Pero también veo cómo esos resultados se quedan apartados, esperando su turno, atrapados en un piloto eterno o en una prueba de concepto que nunca llega al negocio.

Aquí quiero ser muy clara:



Si no hay adopción, si no hay uso, si no hay impacto real… no hay innovación. Hay potencial desperdiciado. Hay equipos brillantes frustrados. Hay tecnología esperando a que alguien, por fin, decida.



Y es que tenemos que cambiar el chip de lo que entendemos por innovación. Innovar no es llenar una pared de post-its de colores. Innovar es, además de tener ideas, tomar decisiones.

Decisiones que implican a toda la organización, no solo a dirección general o al responsable de innovación o IA (que últimamente parece que es lo mismo). Decisiones en las que calidad, producción, finanzas, marketing y ventas están alineados con una idea sencilla: si la innovación es importante, se nota en cómo trabajamos… no en cómo lo contamos.

Decisiones que obligan a trazar qué tipo de innovación queremos impulsar. A elegir qué problemas del negocio o del mercado merecen ser abordados. A decidir qué proyectos continúan y cuáles se paran. A aceptar, incluso, que algunas prácticas del día a día ya no sirven para el futuro que decimos querer construir.

Y decisiones que, inevitablemente, nos llevan al elefante en la habitación: el presupuesto.

Porque la innovación necesita presupuesto propio. No “lo que sobre”. No una línea difusa que se negocia cada año. No “si cae una convocatoria pública y, si no, al año que viene”. Presupuesto explícito para explorar, para experimentar, para asumir incertidumbre.

He escrito otras veces que la innovación no puede ser un proyecto aislado ni un silo. Cuando hablamos de explotar resultados innovadores, hablamos de personas alineadas bajo un mismo objetivo, de departamentos coordinados, de empresas que conviven con un ecosistema que trabaja con esa filosofía.

Por eso es tan crítico involucrar desde el principio a quienes van a ser beneficiarios de la inversión en I+D: los que usarán la tecnología, quienes integrarán el nuevo proceso, o quienes venderán el nuevo servicio. La innovación no se “entrega” al final: se construye con ellos desde el inicio.

Porque quien decide en innovación está gobernando su futuro. Decidir en innovación es decidir hoy qué vas a proteger mañana… y qué estás dispuesto a dejar atrás. Es aceptar que el presente no puede ser el único criterio. Es entender que retar el día a día no es una amenaza: es una condición para seguir vivos.

Y, por cierto, no decidir también es decidir. No reservar presupuesto es decidir que el futuro espere. No implicar a quienes van a usar los resultados es decidir que probablemente no se usen. No definir qué es innovación en tu organización es decidir que cada uno la entienda como quiera… y que, al final, no pase nada relevante.

La pregunta no es si tu organización habla de innovación.

La pregunta es si el equipo de dirección está decidiendo de verdad su futuro.


Antes de hablar de innovación, merece la pena hacerse algunas preguntas incómodas. No para evaluar el discurso, sino la realidad:

  • ¿Existe un presupuesto específico y estable para innovación, o depende de lo que “sobre” o de convocatorias puntuales?
  • ¿Está alineada toda la organización, desde dirección hasta operaciones, con objetivos claros de innovación?
  • ¿Se están convirtiendo los resultados de I+D en soluciones aplicadas, o se quedan en pilotos que nunca llegan a negocio?
  • ¿Participan desde el inicio quienes van a usar, integrar o vender la solución, o se les involucra al final?
  • ¿Se mide el impacto real de la innovación, más allá del número de proyectos o ideas generadas?

Si varias de estas respuestas generan dudas, probablemente el problema no sea la falta de ideas… sino la falta de decisiones

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Predicción de congestiones y problema de tensión en redes eléctricas: claves para una red inteligente y flexible

Predicción de congestiones y problema de tensión en redes eléctricas: claves para una red inteligente y flexible

La transición energética está transformando rápidamente el sistema eléctrico. La creciente integración de energías renovables, el aumento del autoconsumo fotovoltaico y la electrificación de nuevos usos como la movilidad eléctrica o la climatización están cambiando la forma en que se genera y se consume la electricidad. Estos cambios plantean nuevos retos para las redes de distribución, que deben gestionar flujos de energía cada vez más variables y descentralizados.

En este contexto, las redes pueden experimentar situaciones de congestión, sobretensión o subtensión, especialmente en sistemas con una elevada penetración de generación renovable distribuida. Estos fenómenos pueden comprometer la calidad del suministro y limitar la capacidad de la red para integrar nuevos consumidores o generadores.


  • Congestión en la red de distribución

La elevada presencia de renovables, centros de datos u otras grandes cargas puede saturar la infraestructura existente, limitando la posibilidad de establecer nuevas conexiones e incluso provocando restricciones operativas o desconexiones de elementos previamente conectados.

  • Caídas de tensión (subtensión)

Sobrecargas del sistema, equipos que demandan demasiada corriente o redes con largas distancias de suministro pueden provocar que la tensión caiga por debajo de los niveles aceptables.

  • Sobretensiones y picos de tensión

Un excesivo aumento del consumo puede provocar sobretensiones en la red eléctrica. Las elevaciones de tensión, incluso cuando se producen en forma de picos de corta duración, pueden dañar componentes eléctricos y equipos electrónicos conectados a la red.

  • Distorsiones y armónicos en la red

La presencia de cargas no lineales puede distorsionar la forma de onda eléctrica, comprometiendo la calidad del suministro.

Una posible solución para mitigar estos problemas consiste en incorporar mecanismos de flexibilidad energética en la operación de la red. En este contexto, dotar al sistema de la capacidad de desplazar o ajustar determinadas cargas puede ayudar a evitar muchos de los eventos indeseados que comprometen la capacidad de suministro.

Sea cual sea la solución que se adopte para mitigar estos problemas, el primer paso es poder detectarlos o predecirlos. De ahí la gran importancia de las herramientas de predicción en este ámbito.


En el ámbito del proyecto PISTIS, CARTIF ha desarrollado un algoritmo capaz de anticipar eventos en la red eléctrica, como congestiones, sobretensiones o subtensiones. Este algoritmo se plantea como un problema de optimización no lineal que permite responder a dos preguntas clave: si se producirá un evento en la red y, en caso de presentarse, qué variación de consumo debe producirse en cada uno de los nodos de la red para evitarlo. Entre todas las soluciones que cumplen con las restricciones del problema de optimización, el algoritmo selecciona aquella que implica la menor desviación posible respecto a la demanda prevista. Si en algún nodo de la red la variación de consumo necesario para que no se produzca un evento supera un umbral determinado, se considera que se producirá el evento, ya que la demanda prevista no sería compatible con operar dentro de los límites establecidos.


Además de las actividades desarrolladas en el proyecto PISTIS, CARTIF participa en diversas iniciativas relacionadas con la flexibilidad eléctrica y la respuesta a la demanda. En el proyecto CERFlex, en colaboración con CUERVA, CARTIF desarrolló algoritmos para la predicción y el control de cargas eléctricas flexibles en comunidades energéticas rurales, así como herramientas para facilitar el intercambio de energía entre iguales. En GeMICE, junto con IGNIS, CARTIF contribuyó al desarrollo de una plataforma digital para la gestión de comunidades energéticas y la creación de mercados internos para compartir excedentes de energía renovable. En el proyecto GEDERA, coordinador por CEMOSA, CARTIF trabajó junto a otras empresas en un arquitectura multiagente para redes eléctricas inteligentes orientada a la predicción, planificación y gestión de cargas flexibles en edificios, con especial atención a la recarga inteligente de vehículos eléctricos. Finalmente, CARTIF participa actualmente en el proyecto europeo ENFLATE (GA 101075783), que busca habilitar la provisión de flexibilidad eléctrica mediante servicios basados en datos y soluciones digitales.

Soluciones como estas contribuyen a mejorar la gestión de las redes eléctricas y a facilitar la integración de energías renovables en el sistema energético. En este sentido, CARTIF continuará trabajando para apoyar la transición hacia sistemas energéticos más sostenibles y eficientes.







Del residuo al recurso: lo que trae la nueva directiva europea de aguas residuales urbanas

Del residuo al recurso: lo que trae la nueva directiva europea de aguas residuales urbanas

Si en mi anterior entrada del blog hablábamos de nitrógeno (N) y fósforo (P) como nutrientes esenciales, de su papel en la agricultura y de por qué empezar a recuperarlos de residuos no es solo buena idea, sino casi una necesidad, hoy vamos a dar un paso más allá.

Porque claro, todo aquello que comentábamos no surge de la nada. No es solo una cuestión de investigación, ni siquiera únicamente de sostenibilidad, también es una cuestión de regulación. Y aquí es donde entra en juego la nueva Directiva europea de aguas residuales urbanas (UWWTD).

Pero antes de meternos en harina normativa, hagamos un pequeño “recordatorio rápido”, pero prometo que no tendrá un examen al final 🙂

En el post anterior vimos cómo los fertilizantes tradicionales dependen en gran medida de recursos no renovables, cómo Europa es altamente dependiente de su importación y cómo, además, su uso intensivo puede generar problemas ambientales importantes como la eutrofización. Frente a este escenario, hablábamos de la recuperación de nutrientes como una solución clave dentro de la Economía Circular: recuperar N y P de residuos agroganaderos y aguas residuales para producir fertilizantes sostenibles, como la estruvita.

Y no sólo eso, también comentábamos que en CARTIF llevamos años trabajando en esta línea. Un ejemplo claro es el proyecto europeo WalNUT, un proyecto encuadrado en el Programa Horizonte 2020 que desde CARTIF hemos coordinado y que acaba de finalizar el pasado mes de febrero tras más de cuatro años de trabajo. Durante este tiempo, se han desarrollado y validado tecnologías para la recuperación de nutrientes a partir de distintas corrientes: aguas residuales urbanas, aguas industriales e incluso salmueras procedentes del rechazo de plantas desaladoras.

Equipo WALNUT en el evento final de Bruselas

Como broche final, se celebró un evento en Bruselas donde los miembros del consorcio presentamos los principales resultados alcanzados durante el proyecto. Pero no fue sólo una jornada de presentación técnica, también se generó un interesante espacio de debate en el que expertos del sector analizaron la importancia y las implicaciones de la nueva directiva de aguas residuales. Y aquí es donde todas las piezas empiezan a encajar.

Porque lo que hasta ahora era innovación ya empieza a ser exigencia.


La nueva Directiva (UE) 2024/3019 sobre el tratamiento de aguas residuales urbanas viene precisamente a eso, a cambiar las reglas del juego. La anterior normativa, de 1991, estaba muy centrada en algo básico pero fundamental: recoger y depurar aguas residuales para evitar impactos directos en ríos, lagos y zonas costeras. Y oye, funcionó bastante bien. Pero, 30 años después, el contexto ha cambiado radicalmente.

Pero hoy en día, el contexto socio-económico es muy distinto al de principios de los años 90 y ahora ya no basta con “depurar”. Ahora hay que hacerlo mejor, más lejos… y con otra mentalidad. Uno de los cambios más importantes es que la nueva directiva amplía su alcance. Más pequeñas poblaciones tendrán que tratar adecuadamente sus aguas residuales, lo que implica llevar soluciones también a entornos rurales o dispersos, donde tradicionalmente ha sido más complicado.

Pero lo realmente interesante viene con lo que podríamos llamar el “cambio de filosofía”. La directiva introduce, entre otros, el tratamiento de microcontaminantes, como puede ser el caso de los contaminantes emergentes, los cuales incluyen productos farmacéuticos o cosméticos. Sí, esos mismos compuestos que usamos a diario y que, hasta ahora, pasaban bastante desapercibidos en las depuradoras. Para eliminarlos, será necesario incorporar tratamientos avanzados, lo que supone un salto tecnológico importante.



Además, aparece con fuerza el principio de “quien contamina paga”, trasladando parte del coste de estos tratamientos a las industrias responsables de esos contaminantes. Un cambio que, más allá de lo económico, lanza un mensaje claro, la gestión del agua es cosa de todos.

Y ahora viene una de las partes que más conecta con lo que contábamos en el post anterior. La nueva UWWTD ya no ve las estaciones depuradoras solo como infraestructuras de tratamiento, sino como auténticas plantas de recuperación de recursos o lo que se suele conocer hoy en día como biofactorías o biorrefinerías urbanas.

Se trata de auténticos centros tecnológicos de transformación centrados en el tratamiento de aguas residuales, pero también en la generación de energía, de agua reutilizable y sí, también de nutrientes. De hecho, la directiva impulsa explícitamente la recuperación de fósforo y otros recursos, alineándose totalmente con los principios de la Economía Circular. Es decir, lo que antes era un residuo que había que gestionar, ahora se entiende como una materia prima que hay que aprovechar.


¿Os suena? Exacto.

Todo lo que comentábamos sobre recuperación de nutrientes, estruvita o tecnologías como las desarrolladas en WalNUT encaja perfectamente en este nuevo marco. Y no solo eso. La directiva también fija objetivos de neutralidad energética para las depuradoras, fomentando la producción de energía renovable. Es decir, no solo recuperar nutrientes, sino también cerrar el ciclo energético.

En resumen, estamos pasando de depuradoras a biorrefinerías urbanas o biofactorías.

Así, sin hacer mucho ruido, pero con un cambio de paradigma bastante potente.

¿El reto? Enorme. Adaptar infraestructuras, incorporar nuevas tecnologías, financiar inversiones, formar persona, etc.

¿La oportunidad? También enorme.

Porque todo este contexto regulatorio no hace más que reforzar una idea que ya veníamos viendo desde la investigación (y también desde proyectos como WalNUT), el futuro de la gestión del agua pasa por la valorización de residuos, la recuperación de recursos y la integración en modelos de Economía Circular. Y en ese camino, lo que hace unos años parecía innovador… ahora empieza a ser imprescindible.

Desde el área de Economía Circular y Biotecnología del Centro Tecnológico CARTIF seguimos trabajando precisamente en esta dirección, investigando y desarrollando soluciones innovadoras que permitan impulsar todos estos avances a través de los proyectos de I+D+i en los que participamos.

Pero como ya sabéis, esto no termina aquí 😉



Cuando escuchamos los lamentos de los edificios históricos: del andamio al dato y del dato a la acción

Cuando escuchamos los lamentos de los edificios históricos: del andamio al dato y del dato a la acción

Cuando entramos en una catedral, paseamos por un monasterio o visitamos un castillo, pocas veces pensamos en todo lo que está ocurriendo en ellos “por dentro”. No vemos cómo la humedad sube lentamente por los muros, cómo los cada vez más recurrentes cambios bruscos de temperatura generan tensiones invisibles, o cómo una fisura milimétrica puede acabar siendo una grieta escandalosa con el paso del tiempo. Y, sin embargo, ahí es donde empieza muchas veces el deterioro del patrimonio.

Conservar nuestros edificios históricos no es solo restaurarlos cuando aparece esa grieta o limpiarlos cuando una fachada está deslucida. Es, sobre todo, anticiparse. Entender qué les está pasando antes de que el problema sea evidente. Con esa idea nace el Modelo Integral de Monitorización Inteligente y Evaluación Predictiva de Riesgos en Bienes de Interés Cultural (MIMER-BIC), desarrollado por el Área de Patrimonio Cultural de CARTIF.

Este modelo parte de algo en lo que seguro que todos estamos de acuerdo: para saber lo que le pasa a alguien, primero tenemos que escucharlo. Y si ese “alguien” es algo tan valioso como nuestros edificios históricos, escuchar significa medir. Sensores que registran la temperatura, la humedad, la luz (infrarroja, visible y ultravioleta), la calidad del aire, el crecimiento de grietas, la inclinación de los muros, las vibraciones, la presencia de insectos que atacan la madera, el número de visitantes o incluso las posibles intrusiones. Pero lo realmente innovador no es colocar sensores, sino transformar esos datos en información útil. El modelo convierte todas esas mediciones en indicadores claros y en índices de riesgo que permiten saber, con una escala sencilla de 0 a 100, si un edificio está en situación estable o si necesita una actuación prioritaria.

Representación gráfica del modelo MIMER-BIC

Gracias a esta metodología, es posible detectar si el ambiente interior está poniendo en peligro pinturas o retablos, si una estructura está sufriendo movimientos anómalos, si el exceso de visitantes está afectando al microclima, si un episodio meteorológico puede acelerar el deterioro exterior, si está empezando un incendio o si alguien ha entrado donde no debe. Ya no se trata de reaccionar cuando el daño es visible, sino de prevenirlo con tiempo y, sobre todo, con criterio.

Detrás de este avance hay muchos años de investigación. El equipo de CARTIF ha trabajado intensamente en diferentes tecnologías como:

  • Escaneado 3D
  • HBIM
  • Conservación preventiva
  • Análisis estructural
  • Modelización de riesgos
  • Sensorización avanzada
  • Inteligencia artificial aplicada al patrimonio

Pero este camino no lo ha recorrido en solitario. El trabajo codo con codo con empresas del sector (donde es especialmente destacable el papel de TRYCSA) ha sido clave para que el modelo no se quedara en el papel, sino que pudiera aterrizar en la realidad. Su experiencia práctica, su conocimiento técnico y su implicación han permitido que la propuesta metodológica se contraste, se ajuste y se convierta en una herramienta aplicable y eficaz.

El resultado es un modelo original con una metodología propia (desde la definición de tipologías arquitectónico-funcionales y de las grandes familias de patologías, hasta la formulación de índices sintéticos de riesgo) que está protegido por la normativa de propiedad intelectual. Esta protección no es un mero trámite jurídico: es el reconocimiento de que estamos ante una propuesta pionera, con un alto valor científico y tecnológico para el sector de la conservación del patrimonio. Un modelo desarrollado en Castilla y León, pero con vocación claramente global y en la primera línea de la investigación aplicada al patrimonio cultural.



En un momento en el que el cambio climático, la presión turística y la falta de recursos ponen a prueba la capacidad de conservación, disponer de herramientas que permitan priorizar, planificar y decidir con datos objetivos es más necesario que nunca. El modelo MIMER-BIC representa precisamente eso: una nueva forma de cuidar lo que es de todos, combinando conocimiento experto, tecnología y colaboración entre investigación y empresa. Porque al final, conservar el patrimonio no es solo mantener en pie edificios antiguos. Es proteger historias, recuerdos, y una identidad compartida. Y hacerlo con inteligencia hoy es la mejor garantía de que seguirán ahí mañana.


Comunidades energéticas y herramientas digitales: acercar la transición energética a la ciudadanía

Comunidades energéticas y herramientas digitales: acercar la transición energética a la ciudadanía

Las Comunidades Energéticas Locales (CELs) se han consolidado como una herramienta clave para impulsar una transición energética más justa y participativa. Más allá de producir energía renovable, permiten que ciudadanos, pymes y administraciones colaboren para generar y gestionar energía priorizando beneficios sociales, ambientales sobre los económicos.

Sus ventajas son claras:

  • Promueven inversiones compartidas desde un enfoque “bottom-up”
  • Facilitan el acceso a energía más asequible
  • Impulsan una transición justa, abordando pobreza energética e inclusión social
  • Aumentan la penetración renovable y la fiabilidad del sistema multienergía
  • Abren la puerta a modelos innovadores como flexibilidad o intercambio P2P

En España, el ecosistema muestra un crecimiento significativo: en 2024 se constituyeron 200 nuevas CEL, alcanzando un total de 659. Sin embargo, la mayoría siguen centradas en autoconsumo fotovoltaico, mientras que ámbitos como movilidad, rehabilitación, almacenamiento o tecnologías térmicas continúan siendo minoritarios. Además, muchas cuentan con menos de 50 miembros, lo que limita su escala.

Este contexto evidencia un avance notable, pero también un reto decisivo: la participación ciudadana.

En este marco, la Red Urban-MOME plantea una pregunta clave: ¿cómo pueden las herramientas digitales mejorar la escalabilidad, la participación y la eficiencia de las comunidades energéticas? Responder a esta cuestión implica ir más allá de la tecnología y entender las necesidades, barreras y motivaciones de las personas.

La creación de una CEL no es solo un desafío técnico. Existen barreras de conocimiento, gobernanza, financiación e implicación de actores. Como se ha señalado con acierto: “Una CEL sin miembros no es una comunidad”. Generar interés, consolidar un grupo motor y mantener la motivación colectiva resulta esencial. Sin participación activa, la comunidad energética pierde su capacidad transformadora.


En este contexto, la digitalización se convierte en un elemento estratégico. Las herramientas digitales pueden facilitar la comprensión de las distintas soluciones disponibles, visualizar impactos económicos y ambientales y apoyar procesos participativos transparentes.

Entre las más relevantes destacan:

  • herramientas de análisis, predicción y gestión energética
  • sistemas de medición y verificación de ahorros
  • visualización de huella ambiental y reducción de emisiones
  • estrategias de gamificación para fomentar proactividad
  • plataformas de apoyo a la toma de decisiones colectivas

Estas herramientas permiten traducir la complejidad técnica en información comprensible, ayudando a que los ciudadanos entiendan no solo cuánto pueden ahorrar, sino también qué impacto social y ambiental genera su participación.


El proyecto LocalRES sitúa a las Comunidades de Energías Renovables como actores clave para liderar la descarbonización mediante la participación y sensibilización ciudadana.

Dentro del proyecto se ha desarrollado una herramienta de planificación energética que permite a las comunidades catalogar activos, diseñar escenarios futuros y evaluar impactos en costes, emisiones, sostenibilidad y seguridad energética.

Su principal innovación es el doble enfoque: apoyar a expertos y decisores con una visión global, y al mismo tiempo permitir que los ciudadanos visualicen decisiones individuales (como instalar bombas de calor o paneles solares) y comprendan sus impactos.


Así, la digitalización se convierte en un puente entre complejidad técnica y acción ciudadana.

El verdadero desafío es diseñar soluciones digitales adaptadas a las necesidades reales de las personas, capaces de transformar información en comprensión, comprensión en participación y participación en impacto colectivo.


Aplicación de la digitalización a los procesos de descarbonización

Aplicación de la digitalización a los procesos de descarbonización

La digitalización se ha convertido en una palanca clave para abordar la descarbonización industrial. Sin embargo, explicar cómo interactúan procesos, energía, materias primas, emisiones, inteligencia artificial y modelos de negocio circulares no siempre es sencillo.

Con el objetivo de facilitar esta comprensión, he querido explorar un formato diferente: trasladar el análisis técnico al lenguaje visual del cómic. A través de una secuencia de viñetas, recorremos las principales palancas de actuación —proceso directo, recursos y materias primas, y sistema producto-mercado— mostrando cómo las herramientas digitales permiten optimizar consumos, gestionar el carbono, mejorar la trazabilidad y habilitar nuevos modelos de negocio.

El resultado es una forma alternativa de comunicar un enfoque sistémico de la descarbonización industrial, manteniendo el rigor técnico pero utilizando un formato más visual y accesible. Al final, comunicar mejor también forma parte de transformar la industria.