Cada año, las plagas y enfermedades vegetales provocan pérdidas millonarias en la agricultura mundial. Durante décadas, la principal herramienta para combatirlas ha sido el uso de productos fitosanitarios químicos. Sin embargo, la aparición de resistencias, las crecientes restricciones regulatorias y la necesidad de proteger la biodiversidad están impulsando el desarrollo de alternativas más selectivas y sostenibles. Entre ellas destaca una tecnología que está despertando un enorme interés: los biopesticidas basados en interferencia por ARN (RNAi).
¿Qué es la interferencia por ARN (RNAi)?
Aunque el nombre pueda parecer complejo, su funcionamiento responde a un principio sencillo. En lugar de eliminar indiscriminadamente una plaga mediante un compuesto químico, el RNAi permite «silenciar» genes concretos que son esenciales para su supervivencia o para su capacidad de causar enfermedad. Se trata de un mecanismo natural presente en prácticamente todos los eucariotas, que regula la expresión de determinados genes mediante pequeñas moléculas de ARN de doble cadena (dsRNA). Cuando estas moléculas son absorbidas por el organismo diana, bloquean la producción de proteínas esenciales y reducen su capacidad para crecer, alimentarse o infectar la planta.
Esta elevada especificidad constituye una de las mayores ventajas del RNAi frente a pesticidas convencionales. Mientras que un insecticida químico puede afectar también a insectos beneficiosos o a otros organismos del ecosistema, un biopesticida basado en RNAi puede diseñarse para actuar únicamente sobre una especie concreta o incluso sobre un proceso biológico específico. Además, las moléculas de ARN se degradan de forma natural en el medio ambiente, reduciendo la persistencia de residuos y su impacto ambiental.
Otra característica especialmente interesante es su flexibilidad. Una vez identificado un gen clave del organismo que se desea controlar, es posible diseñar nuevas moléculas de RNA en un tiempo relativamente corto, lo que facilita responder con rapidez ante nuevas plagas o frente a organismos que hayan desarrollado resistencia a los tratamientos tradicionales.
SIGS: aplicar RNAi mediante pulverización
Actualmente, esta tecnología puede aplicarse siguiendo dos estrategias principales. La primera consiste en desarrollar plantas capaces de producir internamente estas moléculas de ARN, una aproximación eficaz pero asociada al uso de organismos modificados genéticamente. La segunda, conocida como Spray-Induced Gene Silencing (SIGS), consiste simplemente en pulverizar el dsRNA sobre las plantas, de forma similar a un tratamiento fitosanitario convencional. Una vez depositadas sobre la superficie vegetal, las moléculas pueden ser absorbidas por la plaga o el patógeno y activar el mecanismo de silenciamiento génico. Esta estrategia ofrece una gran versatilidad, ya que puede utilizarse en diferentes cultivos, permite decidir el momento de aplicación y evita modificar genéticamente la planta.
El interés por esta aproximación ha crecido rápidamente durante los últimos años y ya ha dado lugar a importantes avances regulatorios. En 2023, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) aprobó Ledprona, el primer biopesticida pulverizable basado en dsRNA para el control del escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata), marcando un hito en la llegada de esta tecnología al mercado. Como ocurre con cualquier tecnología emergente, todavía existen desafíos que deben resolverse antes de su implantación generalizada. Uno de los principales es la estabilidad del ARN, ya que estas moléculas pueden degradarse rápidamente por efecto de la radiación ultravioleta, la lluvia, la temperatura o determinadas enzimas presentes tanto en el medio ambiente como en los propios organismos diana. También resulta fundamental seleccionar correctamente el gen sobre el que actuar, garantizando una elevada eficacia y minimizando cualquier posible efecto sobre organismos no objetivo. Por ello, gran parte de la investigación actual se centra en desarrollar nuevas formulaciones capaces de proteger el dsRNA mediante nanopartículas, liposomas o vesículas biológicas, así como en optimizar su producción a gran escala y avanzar en los procesos de evaluación regulatoria y ambiental.
El proyecto SUPERA: cómo CARTIF desarrolla nuevas soluciones basadas en RNAi
En este contexto, CARTIF participa activamente en el desarrollo de estas nuevas estrategias a través del proyectoSUPERA(Sanidad vegetal sostenible mediante RNAi para reducir el impacto de las enfermedades en la agricultura y los bosques), coordinado por la Universidad de Valladolid junto con el CSIC e IDAI Nature. El objetivo del proyecto ha sido desarrollar soluciones innovadoras basadas en RNAi para combatir enfermedades causadas por hongos y oomicetos que afectan tanto a cultivos agrícolas como a especies forestales. Durante el proyecto se identificaron genes esenciales en patógenos de gran relevancia, como Fusarium y Phytophthora, diseñándose moléculas específicas de dsRNA capaces de reducir la expresión de dichos genes. Paralelamente, se optimizaron procesos de producción mediante fermentación bacteriana y se desarrollaron estrategias de encapsulación para mejorar la estabilidad de las moléculas y facilitar su aplicación mediante tratamientos foliares y radiculares, acercando esta tecnología a futuras aplicaciones reales en agricultura. Los resultados obtenidos demuestran que el RNAi ha dejado de ser únicamente una herramienta de investigación básica para convertirse en una plataforma tecnológica con un enorme potencial para desarrollar una nueva generación de biopesticidas más precisos, sostenibles y respetuosos con el medio ambiente. Aunque todavía quedan retos científicos y regulatorios por superar, todo apunta a que durante los próximos años esta tecnología ocupará un lugar cada vez más relevante dentro de las estrategias de protección integrada de cultivos, contribuyendo a una agricultura más eficiente, resiliente y alineada con los objetivos de sostenibilidad que demanda la sociedad.
La transición energética y digital está transformando nuestra economía a una velocidad sin precedentes. Vehículos eléctricos, energías renovables, almacenamiento energético, digitalización, inteligencia artificial o redes inteligentes son tecnologías llamadas a desempeñar un papel fundamental en las próximas décadas. Sin embargo, todas ellas tienen un denominador común: dependen de una serie de materias primas cuya disponibilidad se ha convertido en una preocupación estratégica a nivel mundial.
Litio, cobalto, níquel, manganeso, grafito, tierras raras, galio, germanio, antimonio o fósforo son algunos ejemplos de los denominados materiales críticos, recursos esenciales para fabricar baterías, paneles fotovoltaicos, aerogeneradores, semiconductores, fertilizantes y numerosos dispositivos electrónicos. Su importancia es tal que la Unión Europea actualiza periódicamente una lista de Materias Primas Críticas (Critical Raw Materials, CRM) para identificar aquellos recursos cuya escasez o dependencia exterior pueden comprometer la competitividad y seguridad de la economía europea.
Europa se encuentra en una posición especialmente vulnerable. Aunque consume una parte significativa de estos materiales, dispone de una capacidad limitada para producirlos y procesarlos, dependiendo en gran medida de importaciones procedentes de terceros países. En algunos casos, la práctica totalidad del suministro se concentra en un reducido número de proveedores internacionales, generando importantes riesgos económicos, industriales y geopolíticos.
En España compartimos esta realidad. Aunque contamos con ciertos recursos minerales y una larga tradición minera, seguimos dependiendo en gran medida de las importaciones para abastecer sectores estratégicos. Esta dependencia resulta especialmente relevante en un contexto en el que la demanda de materiales críticos no deja de crecer impulsada por la descarbonización, la electrificación y la digitalización de la economía.
Sin embargo, existe una oportunidad que durante décadas ha permanecido en segundo plano. Más allá de los recursos geológicos convencionales, disponemos de una enorme cantidad de materiales valiosos distribuidos en corrientes que habitualmente consideramos residuos o subproductos. Lo que hasta ahora se ha visto como un problema ambiental podría convertirse en una fuente estratégica de materias primas para reforzar nuestra autonomía industrial.
Cuando los residuos se convierten en minas de oportunidad
Tradicionalmente, la obtención de materias primas ha estado asociada a la minería convencional. Sin embargo, en los últimos años ha cobrado fuerza el concepto de “minería urbana”, una visión que considera los residuos generados por nuestra sociedad como auténticos yacimientos de recursos.
Uno de los ejemplos más evidentes son las baterías de ion-litio. El crecimiento exponencial del vehículo eléctrico y de los sistemas de almacenamiento energético provocará que millones de baterías alcancen el final de su vida útil durante las próximas décadas. Estos residuos contienen cantidades significativas de litio, cobalto, níquel, manganeso y grafito, materiales cuya extracción primaria suele estar asociada a elevados costes económicos, ambientales y sociales
Extracción de los materiales de una batería de ion-litio tras el fin de su vida útil
Recuperar estos elementos mediante tecnologías avanzadas de reciclaje permite reincorporarlos a la cadena de valor, reduciendo la necesidad de importar nuevas materias primas y disminuyendo el impacto ambiental asociado a su extracción.
Un fenómeno similar ocurre con los paneles fotovoltaicos. Aunque la mayor parte de las instalaciones actuales continúan en operación, el volumen de módulos que llegarán al final de su vida útil aumentará considerablemente en los próximos años. Además del vidrio y el aluminio, estos equipos contienen plata, silicio de alta pureza y otros materiales estratégicos cuya recuperación puede contribuir a cerrar el ciclo de producción de nuevas tecnologías renovables.
El enorme potencial de los residuos electrónicos
Los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos constituyen otra de las fuentes más prometedoras de materiales críticos. Ordenadores, teléfonos móviles, televisores, equipos de telecomunicaciones y multitud de dispositivos contienen metales valiosos que, en muchos casos, aparecen en concentraciones superiores a las encontradas en algunos yacimientos minerales explotados actualmente.
Tierras raras, indio, galio, cobre, oro, plata o paladio son solo algunos ejemplos de los elementos presentes en estos residuos tecnológicos. Sin embargo, una parte significativa continúa perdiéndose debido a sistemas de recogida insuficientes o a procesos de reciclaje que no permiten recuperar todos los materiales presentes.
La mejora de las tecnologías de separación, clasificación y recuperación puede transformar estos residuos en una de las principales fuentes europeas de materias primas estratégicas.
El legado oculto de la actividad minera
Paradójicamente, algunas de las futuras fuentes de materiales críticos podrían encontrarse precisamente en los residuos generados por la minería del pasado. Durante décadas, la actividad minera produjo enormes cantidades de estériles, escombreras y balsas de residuos cuya composición se evaluó únicamente en función de los recursos económicamente interesantes en aquel momento. Muchos elementos que hoy consideramos críticos carecían entonces de valor comercial y quedaron almacenados en estos depósitos.
Actualmente sabemos que numerosos residuos mineros contienen concentraciones significativas de tierras raras, cobalto, escandio, germanio, antimonio y otros materiales estratégicos. La aplicación de nuevas tecnologías de caracterización y recuperación está permitiendo reconsiderar estos pasivos ambientales como recursos potenciales.
La denominada reminería ofrece además una ventaja adicional: permite recuperar materiales de interés al mismo tiempo que contribuye a la restauración ambiental de espacios degradados, reduciendo riesgos asociados a la contaminación de suelos y aguas. En España, donde existe una larga historia de actividad minera, estos depósitos representan una oportunidad todavía insuficientemente explorada.
Las industrias también esconden recursos valiosos
Numerosos procesos industriales generan corrientes residuales con un elevado potencial para la recuperación de materiales críticos. Las escorias siderúrgicas, los polvos de acería, las cenizas industriales, los lodos metalúrgicos o determinados residuos de la industria química contienen elementos estratégicos que, en muchos casos, terminan destinándose a aplicaciones de bajo valor o incluso a eliminación.
Tecnologías hidrometalúrgicas, electroquímicas y biotecnológicas están demostrando que es posible recuperar de estas corrientes materiales como zinc, vanadio, manganeso, cromo, galio o tierras raras. Este enfoque no solo reduce la necesidad de extracción primaria, sino que encaja perfectamente con los principios de la economía circular, donde los residuos de una actividad se convierten en recursos para otra.
También merece especial atención el caso de los catalizadores agotados utilizados en las industrias química, petroquímica y energética. Estos materiales contienen metales de elevado valor económico cuya recuperación resulta cada vez más atractiva desde un punto de vista técnico y estratégico.
El fósforo: un material crítico para la soberanía alimentaria
Cuando se habla de materiales críticos suele pensarse en baterías, semiconductores o tecnologías renovables. Sin embargo, uno de los recursos más estratégicos para Europa es el fósforo, lo que podíamos decir “la joya de la corona”.
Este elemento es indispensable para la producción de fertilizantes y, por tanto, para la agricultura y la seguridad alimentaria. A diferencia de otros recursos, no existe sustituto conocido para su función biológica, lo que convierte su disponibilidad en un asunto de interés global.
Europa depende en gran medida de las importaciones de roca fosfática y fertilizantes fosfatados, concentradas en un reducido número de países. Por ello, la recuperación de fósforo a partir de fuentes secundarias se ha convertido en una prioridad creciente.
Los lodos de depuradora, las cenizas procedentes de su incineración, los digeridos generados en plantas de biogás, los estiércoles ganaderos y determinados residuos agroalimentarios contienen cantidades significativas de fósforo que pueden recuperarse y reincorporarse a la producción de fertilizantes.
Más allá de reforzar la autonomía industrial, estas estrategias contribuyen a mejorar nuestra soberanía alimentaria y a reducir la presión sobre recursos naturales limitados.
Los recursos invisibles de ríos, embalses y mares
Existen, además, fuentes potenciales que apenas han comenzado a recibir atención. Los sedimentos acumulados en ríos, embalses, puertos y zonas costeras contienen materiales transportados durante décadas por actividades industriales, mineras y urbanas. En determinados emplazamientos, estos sedimentos presentan concentraciones interesantes de metales que podrían ser recuperados mediante tecnologías adecuadas.
Membrana impermeable utilizada en procesos de tratamiento de aguas.
Las operaciones periódicas de dragado generan grandes volúmenes de material que habitualmente se gestionan como residuos o se destinan a usos de escaso valor añadido. Sin embargo, una caracterización más detallada podría revelar oportunidades de valorización actualmente desaprovechadas. Algo similar ocurre con determinados fondos marinos, donde la presencia de minerales ricos en manganeso, níquel, cobre o cobalto ha despertado un creciente interés internacional. Aunque la explotación directa de estos recursos plantea importantes desafíos ambientales, su existencia pone de manifiesto que todavía quedan numerosas fuentes potenciales por investigar.
Una cuestión de soberanía industrial
La recuperación de materiales críticos a partir de fuentes secundarias no eliminará completamente la necesidad de importaciones ni sustituirá a la minería convencional. Sin embargo, puede desempeñar un papel decisivo para reforzar la resiliencia industrial europea y reducir nuestra exposición a mercados internacionales cada vez más inciertos.
Para lograrlo será necesario desarrollar tecnologías más eficientes de recuperación y separación, mejorar los sistemas de recogida y trazabilidad de residuos, impulsar marcos regulatorios favorables y fomentar la colaboración entre administraciones, empresas y centros tecnológicos.
En definitiva, la transición hacia una economía más sostenible no dependerá únicamente de descubrir nuevos recursos, sino también de nuestra capacidad para reconocer el valor de los que ya tenemos. Baterías agotadas, paneles solares fuera de uso, residuos mineros, escorias industriales, lodos de depuradora, sedimentos fluviales o residuos electrónicos constituyen auténticas reservas de materiales críticos dispersas por nuestro territorio.
Quizá las minas más importantes del futuro no sean las que todavía están por explotar, sino aquellas que llevamos años generando sin ser plenamente conscientes de su valor. Aprovecharlas puede convertirse en una de las claves para fortalecer la soberanía industrial, tecnológica y alimentaria de España y de Europa en las próximas décadas.
Si en mi anterior entrada del blog hablábamos de nitrógeno (N) y fósforo (P) como nutrientes esenciales, de su papel en la agricultura y de por qué empezar a recuperarlos de residuos no es solo buena idea, sino casi una necesidad, hoy vamos a dar un paso más allá.
Porque claro, todo aquello que comentábamos no surge de la nada. No es solo una cuestión de investigación, ni siquiera únicamente de sostenibilidad, también es una cuestión de regulación. Y aquí es donde entra en juego lanueva Directiva europea de aguas residuales urbanas (UWWTD).
Pero antes de meternos en harina normativa, hagamos un pequeño “recordatorio rápido”, pero prometo que no tendrá un examen al final 🙂
En el post anterior vimos cómo los fertilizantes tradicionales dependen en gran medida de recursos no renovables, cómo Europa es altamente dependiente de su importación y cómo, además, su uso intensivo puede generar problemas ambientales importantes como la eutrofización. Frente a este escenario, hablábamos de la recuperación de nutrientes como una solución clave dentro de la Economía Circular: recuperar N y P de residuos agroganaderos y aguas residuales para producir fertilizantes sostenibles, como la estruvita.
Y no sólo eso, también comentábamos que en CARTIF llevamos años trabajando en esta línea. Un ejemplo claro es el proyecto europeo WalNUT, un proyecto encuadrado en el Programa Horizonte 2020 que desde CARTIF hemos coordinado y que acaba de finalizar el pasado mes de febrero tras más de cuatro años de trabajo. Durante este tiempo, se han desarrollado y validado tecnologías para la recuperación de nutrientes a partir de distintas corrientes: aguas residuales urbanas, aguas industriales e incluso salmueras procedentes del rechazo de plantas desaladoras.
Equipo WALNUT en el evento final de Bruselas
Como broche final, se celebró un evento en Bruselas donde los miembros del consorcio presentamos los principales resultados alcanzados durante el proyecto. Pero no fue sólo una jornada de presentación técnica, también se generó un interesante espacio de debate en el que expertos del sector analizaron la importancia y las implicaciones de la nueva directiva de aguas residuales. Y aquí es donde todas las piezas empiezan a encajar.
Porque lo que hasta ahora era innovación ya empieza a ser exigencia.
La nueva directiva europea de aguas residuales: contexto y objetivos
La nueva Directiva (UE) 2024/3019 sobre el tratamiento de aguas residuales urbanas viene precisamente a eso, a cambiar las reglas del juego. La anterior normativa, de 1991, estaba muy centrada en algo básico pero fundamental: recoger y depurar aguas residuales para evitar impactos directos en ríos, lagos y zonas costeras. Y oye, funcionó bastante bien. Pero, 30 años después, el contexto ha cambiado radicalmente.
Pero hoy en día, el contexto socio-económico es muy distinto al de principios de los años 90 y ahora ya no basta con “depurar”. Ahora hay que hacerlo mejor, más lejos… y con otra mentalidad. Uno de los cambios más importantes es que la nueva directiva amplía su alcance. Más pequeñas poblaciones tendrán que tratar adecuadamente sus aguas residuales, lo que implica llevar soluciones también a entornos rurales o dispersos, donde tradicionalmente ha sido más complicado.
Pero lo realmente interesante viene con lo que podríamos llamar el “cambio de filosofía”. La directiva introduce, entre otros, el tratamiento de microcontaminantes, como puede ser el caso de los contaminantes emergentes, los cuales incluyen productos farmacéuticos o cosméticos. Sí, esos mismos compuestos que usamos a diario y que, hasta ahora, pasaban bastante desapercibidos en las depuradoras. Para eliminarlos, será necesario incorporar tratamientos avanzados, lo que supone un salto tecnológico importante.
«La directiva introduce, entre otros, el tratamiento de microcontaminantes, como puede ser el caso de los contaminantes emergentes, los cuales incluyen productos farmacéuticos o cosméticos.»
Además, aparece con fuerza el principio de “quien contamina paga”, trasladando parte del coste de estos tratamientos a las industrias responsables de esos contaminantes. Un cambio que, más allá de lo económico, lanza un mensaje claro, la gestión del agua es cosa de todos.
Y ahora viene una de las partes que más conecta con lo que contábamos en el post anterior. La nueva UWWTD ya no ve las estaciones depuradoras solo como infraestructuras de tratamiento, sino como auténticas plantas de recuperación de recursos o lo que se suele conocer hoy en día como biofactorías o biorrefinerías urbanas.
Se trata de auténticos centros tecnológicos de transformación centrados en el tratamiento de aguas residuales, pero también en la generación de energía, de agua reutilizable y sí, también de nutrientes. De hecho, la directiva impulsa explícitamente la recuperación de fósforo y otros recursos, alineándose totalmente con los principios de la Economía Circular. Es decir, lo que antes era un residuo que había que gestionar, ahora se entiende como una materia prima que hay que aprovechar.
Oportunidades de innovación: del proyecto WalNUT al futuro del sector
¿Os suena? Exacto.
Todo lo que comentábamos sobre recuperación de nutrientes, estruvita o tecnologías como las desarrolladas en WalNUT encaja perfectamente en este nuevo marco. Y no solo eso. La directiva también fija objetivos de neutralidad energética para las depuradoras, fomentando la producción de energía renovable. Es decir, no solo recuperar nutrientes, sino también cerrar el ciclo energético.
En resumen, estamos pasando de depuradoras a biorrefinerías urbanas o biofactorías.
Así, sin hacer mucho ruido, pero con un cambio de paradigma bastante potente.
Porque todo este contexto regulatorio no hace más que reforzar una idea que ya veníamos viendo desde la investigación (y también desde proyectos como WalNUT), el futuro de la gestión del agua pasa por la valorización de residuos, la recuperación de recursos y la integración en modelos de Economía Circular. Y en ese camino, lo que hace unos años parecía innovador… ahora empieza a ser imprescindible.
Desde el área de Economía Circular y Biotecnología del Centro Tecnológico CARTIF seguimos trabajando precisamente en esta dirección, investigando y desarrollando soluciones innovadoras que permitan impulsar todos estos avances a través de los proyectos de I+D+i en los que participamos.
Riesgos de desnaturalización y pérdida de la perspectiva humana en la toma de decisiones ambientales
«La IA puede ayudarnos a ver más lejos, pero no debe sustituir la mirada humana ni la relación directa con los sistemas vivos»
La Inteligencia Artificial (IA) se ha consolidado en la última década como una de las tecnologías más disruptivas en prácticamente todos los ámbitos del conocimiento humano. Su capacidad para procesar grandes volúmenes de datos, integrar información heterogénea, identificar patrones complejos y generar predicciones ha despertado un enorme interés en sectores tradicionalmente intensivos en información, como la gestión de los recursos naturales, la planificación territorial, la agricultura, la hidrología o la conservación de ecosistemas. En un contexto marcado por el cambio climático, la degradación ambiental acelerada y la creciente presión antrópica sobre los sistemas naturales, la IA se presenta con como una herramienta casi inevitable para mejorar la eficiencia, optimizar el uso de los recursos y apoyar la toma de decisiones.
Este creciente protagonismo de la IA se ve reforzado por el desarrollo de sensores remotos, redes de monitoreo ambiental, sistemas de información geográfica y plataformas de big data, que generan una cantidad de información sin precedentes sobre el estado y la dinámica de los ecosistemas. En este escenario, los algoritmos de aprendizaje automático parecen ofrecer una respuesta eficaz a la complejidad creciente de la gestión ambiental, permitiendo anticipar escenarios, detectar anomalías y evaluar impactos con una rapidez y una escala antes impensables.
Sin embargo, este entusiasmo tecnológico encierra también riesgos profundos que rara vez se abordan con la atención crítica necesaria. La gestión de los recursos naturales no es únicamente un problema técnico ni computacional: es, ante todo, un proceso ecológico, social, cultural y ético, que requiere una comprensión profunda de los ecosistemas, de sus dinámicas no lineales y de la relación histórica entre las comunidades humanas y su entorno. Reducir esta complejidad a un conjunto de variables optimizables mediante algoritmos puede conducir a una visión simplificada y empobrecida de la sostenibilidad.
En este sentido, una adopción poco crítica de la IA puede provocar una progresiva desnaturalización de la gestión ambiental, desplazando la experiencia directa, el conocimiento local y la intuición ecológica por modelos algorítmicos que, aunque precisos en apariencia, pueden resultar conceptualmente reductores. El riesgo no reside en la tecnología en sí, sino en la tendencia a otorgarle un papel central y decisorio en contextos donde la incertidumbre, la complejidad y los valores humanos son elementos fundamentales.
La complejidad de los sistemas naturales: lo que la IA no puede simplificar
Los ecosistemas son sistemas complejos adaptativos, caracterizados por múltiples interacciones entre componentes bióticos y abióticos, retroalimentaciones no lineales, umbrales críticos y procesos emergentes difíciles de predecir. A diferencia de los sistemas puramente técnicos, los sistemas naturales no responden de forma proporcional a las perturbaciones, ni pueden describirse completamente mediante modelos deterministas o relaciones causales simples.
Esta complejidad implica que pequeñas alteraciones pueden generar efectos desproporcionados, y que los sistemas pueden experimentar cambios abruptos de régimen ecológico cuando se superan determinados umbrales. La resiliencia, la capacidad de adaptación y la autoorganización son propiedades clave de los ecosistemas que dependen de interacciones dinámicas difíciles de capturar mediante modelos estáticos o basados exclusivamente en datos históricos.
Imagen generada con IA
La IA, por definición, se basa en la identificación de patrones a partir de grandes volúmenes de datos observados. Aunque este enfoque permite generar predicciones útiles en contextos bien caracterizados, presenta una limitación estructural cuando se enfrenta a procesos ecológicos poco observados, a eventos extremos o a escenarios de cambio rápido, como los inducidos por el cambio climático. Existe el riesgo de que los modelos de IA confundan correlación con causalidad, o que extrapolen tendencias pasadas en contextos donde las condiciones ambientales están cambiando de forma radical.
Además, muchos procesos ecológicos clave, como las interacciones entre suelo, microbiota y plantas, los mecanismos de resiliencia ecosistémica o las respuestas adaptativas de las especies, no están completamente representados en los conjuntos de datos disponibles. Una dependencia excesiva de la IA puede generar una falsa sensación de control y comprensión, cuando en realidad se está simplificando en exceso la complejidad inherente de los sistemas naturales.
La pérdida de la experiencia directa y del conocimiento ecológico
Uno de los efectos más preocupantes del uso intensivo de la IA en la gestión ambiental es la progresiva desvinculación entre los gestores y el territorio. Tradicionalmente, la gestión de los recursos naturales se ha basado en la observación directa, el trabajo de campo, la interacción continuada con el entorno y el aprendizaje acumulativo a lo largo del tiempo. Esta experiencia genera un conocimiento tácito, profundamente contextual, que resulta difícil —cuando no imposible, de codificar en algoritmos.
Cuando las decisiones se toman principalmente a partir de dashboards, modelos predictivos y recomendaciones automáticas, existe el riesgo de que los profesionales pierdan contacto con la realidad biofísica de los sistemas que gestionan. La naturaleza deja de ser percibida como un sistema vivo, dinámico y heterogéneo, y pasa a convertirse en una abstracción digital compuesta por capas de datos, índices sintéticos y mapas temáticos.
Este proceso no solo empobrece la comprensión ecológica, sino que también puede afectar a la formación de nuevas generaciones de técnicos, científicos y gestores, que podrían desarrollar una dependencia excesiva de herramientas automatizadas sin adquirir una mirada crítica ni una sensibilidad ecológica profunda. A largo plazo, esta pérdida de experiencia directa puede debilitar la capacidad de adaptación y respuesta ante situaciones imprevistas o crisis ambientales.
La IA se nutre fundamentalmente de datos estructurados, cuantificables y estandarizados. Sin embargo, una parte esencial del conocimiento asociado a los recursos naturales reside en saberes locales y tradicionales, construidos a lo largo de generaciones mediante la interacción directa con el entorno. Este conocimiento incluye prácticas agrícolas adaptativas, estrategias tradicionales de manejo del agua, lectura del paisaje y comprensión de señales ecológicas sutiles que no siempre pueden traducirse en datos formales.
El riesgo es que la IA, al no poder incorporar fácilmente este conocimiento no formalizado, contribuya a su invisibilización y, en última instancia, a su progresiva pérdida. Las decisiones basadas exclusivamente en modelos algorítmicos pueden entrar en conflicto con prácticas locales sostenibles, generando rechazo social, pérdida de legitimidad o incluso impactos ambientales negativos derivados de la ruptura de equilibrios socioecológicos consolidados.
Desde una perspectiva ética y social, relegar el conocimiento local en favor de soluciones tecnocráticas puede profundizar desigualdades, debilitar la gobernanza participativa de los recursos naturales y erosionar la corresponsabilidad en su gestión.
La IA tiende a optimizar variables concretas: productividad, eficiencia hídrica, rendimiento, reducción de costes o maximización de determinados indicadores ambientales. No obstante, la gestión sostenible de los recursos naturales implica necesariamente la consideración de múltiples objetivos y trade-offs, algunos de ellos difíciles de cuantificar, como el valor cultural del paisaje, la biodiversidad funcional, la equidad social o el bienestar humano.
Existe el peligro de que los sistemas de IA promuevan una visión reduccionista de la sostenibilidad, centrada en indicadores fácilmente medibles, mientras se ignoran dimensiones cualitativas esenciales. Este enfoque puede conducir a decisiones aparentemente óptimas desde el punto de vista algorítmico, pero ecológicamente pobres, socialmente inaceptables o incluso contraproducentes a largo plazo.
Otro aspecto crítico es la percepción de la IA como una herramienta neutral y objetiva. En realidad, los algoritmos reflejan las decisiones, valores y supuestos de quienes los diseñan, así como los sesgos presentes en los datos de entrenamiento. En el ámbito ambiental, esto puede traducirse en modelos que priorizan determinados usos del territorio, ciertas escalas de análisis o intereses específicos, a menudo de forma implícita.
Delegar decisiones complejas en sistemas de IA sin un marco ético claro y sin una supervisión humana efectiva puede erosionar la responsabilidad y diluir la rendición de cuentas. En la gestión de los recursos naturales, donde las decisiones tienen impactos a largo plazo y en muchos casos irreversibles, esta pérdida de responsabilidad resulta especialmente preocupante.
La gestión de los recursos naturales no es solo una cuestión de optimización técnica, sino de valores, prioridades y visiones de futuro. Decidir cómo gestionar un acuífero, un bosque o un sistema agrícola implica considerar aspectos ecológicos, sociales, culturales y éticos que no pueden ser plenamente automatizados.
La perspectiva humana aporta elementos esenciales: la capacidad de interpretar contextos complejos, integrar conocimiento interdisciplinar, anticipar conflictos sociales y tomar decisiones bajo condiciones de incertidumbre profunda. La empatía, la prudencia y la responsabilidad intergeneracional son dimensiones intrínsecamente humanas que no pueden ser sustituidas por algoritmos, por avanzados que estos sean.
Reconocer los riesgos asociados a la IA no implica rechazar su uso. Al contrario, la IA puede ser una herramienta extremadamente valiosa para apoyar la gestión de los recursos naturales si se utiliza de forma crítica, complementaria y contextualizada. El verdadero desafío consiste en evitar que la tecnología desplace la esencia ecológica y humana de la gestión ambiental.
En este sentido, un enfoque equilibrado implicará:
Usar la IA como herramienta de apoyo, no como sustituto del juicio humano.
Integrar datos cuantitativos con conocimiento local y experiencia de campo.
Mantener procesos participativos y transparentes en la toma de decisiones.
Formar a los profesionales en pensamiento crítico, no solo en competencias técnicas.
Reconocer explícitamente las limitaciones, supuestos y sesgos de los modelos algorítmicos.
La Inteligencia Artificial ofrece oportunidades indudables para mejorar la gestión de los recursos naturales, pero también plantea riesgos significativos si se adopta de forma acrítica. La naturaleza no es un sistema puramente optimizable, ni la sostenibilidad puede reducirse a un problema de cálculo.
Imagen generada con IA
Perder la naturalidad en la gestión ambiental significa perder la capacidad de escuchar al territorio, comprender sus señales y actuar con prudencia ante la incertidumbre. La IA puede ayudarnos a ver más lejos, pero no debe sustituir la mirada humana ni la relación directa con los sistemas vivos.
En un contexto de crisis ambiental global, preservar esta perspectiva humana y ecológica no es un lujo, sino una condición imprescindible para una gestión verdaderamente sostenible de los recursos naturales.
Los bosques son uno de los pilares más valiosos de nuestro entorno natural. No solo proporcionan materias primas renovables como la madera o la resina, sino que también cumplen funciones esenciales para la vida: regulan el clima, actúan como sumideros de carbono, conservan la biodiversidad, protegen el suelo frente a la erosión y ofrecen espacios para el bienestar y el desarrollo rural.
Sin embargo, estos ecosistemas se enfrentan a grandes desafíos. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, los incendios forestales o el abandono del medio rural amenazan su equilibrio. A ello se suman dificultades estructurales del propio sector forestal, como la competencia internacional, la escasez de mano de obra cualificada o la necesidad de mejorar la eficiencia operativa. En este contexto, la gestión activa de los montes es más importante que nunca. Un bosque bien gestionado es un bosque resiliente, capaz de resistir plagas, enfermedades y, sobre todo, incendios. Los devastadores fuegos de los últimos años han puesto de manifiesto la urgencia de modernizar el sector, avanzando hacia una transición digital y ecológica que permita transformar la silvicultura tradicional en una bioeconomía innovadora y sostenible.
En regiones como Castilla y León, donde la superficie forestal representa una parte esencial del territorio, la gestión sostenible de los recursos naturales se ha convertido en una prioridad estratégica. Esta requiere no solo conocimiento técnico, sino también herramientas digitales avanzadas que faciliten la toma de decisiones y la optimización de los procesos. Los bosques no son solo paisajes naturales: son ecosistemas complejos que proporcionan beneficios incalculables, desde el mantenimiento de la biodiversidad hasta el sustento económico del medio rural. Además, su papel como sumideros naturales de carbono los convierte en aliados indispensables frente al cambio climático.
Una gestión forestal moderna implica mucho más que conservar: significa planificar, monitorizar y adaptar los usos del territorio, apoyándose en el conocimiento, la tecnología y la colaboración entre administraciones, empresas, centros de investigación y sociedad. La transición ecológica y digital en este ámbito es una oportunidad para mejorar la eficiencia, prevenir desastres ambientales y consolidar una bioeconomía forestal que genere empleo y desarrollo en las zonas rurales.
Innovación y digitalización al servicio del bosque
El impulso de la digitalización y el uso de tecnologías avanzadas —como los sistemas GIS, los modelos BIM o los espacios de datos— están transformando la manera en que entendemos y gestionamos los ecosistemas forestales. Estas herramientas permiten disponer de información precisa y en tiempo real sobre el estado de los montes, optimizar los aprovechamientos y reforzar la prevención frente a incendios y otros riesgos ambientales.
Una de las innovaciones más destacadas es el desarrollo de sistemas de inventario forestal continuo, que permiten conocer en tiempo real las existencias, los crecimientos o el stock de carbono de las masas forestales. Gracias a la teledetección, la inteligencia artificial y el procesamiento de imágenes satelitales, es posible monitorizar millones de hectáreas, detectar cambios en el uso del suelo y planificar actuaciones de forma más eficiente.
La digitalización también está cambiando la forma de afrontar los incendios forestales. Los sistemas automáticos de detección mediante inteligencia artificial, combinados con datos meteorológicos y satelitales, permiten generar mapas dinámicos de riesgo y mejorar la coordinación de los equipos de extinción. Todo ello reduce los tiempos de respuesta y aumenta la eficacia en la gestión de emergencias. La bioeconomía forestal, entendida como el aprovechamiento integral y sostenible de los recursos del bosque, encuentra en la tecnología un aliado decisivo. Desde aplicaciones móviles para la gestión en tiempo real hasta plataformas digitales de certificación o trazabilidad, la digitalización está redefiniendo la cadena de valor del sector. Las soluciones basadas en inteligencia artificial permiten automatizar procesos, mejorar la seguridad laboral y optimizar la logística forestal, impulsando así un modelo más competitivo y sostenible.
El marco europeo: inversión en resiliencia y digitalización
La Unión Europea ha apostado firmemente por la transformación del sector primario a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, financiado por los fondos Next Generation EU. En este marco se enmarca la Orden MAV/626/2025, de la Junta de Castilla y León, que regula las subvenciones destinadas a la ejecución del proyecto RetechFOR, Red Tecnológica y Territorial para el monitoreo forestal y reducción de desastres ambientales como palancas para el desarrollo de la bioeconomía forestal, una de las iniciativas del programa RETECH, Redes Territoriales de Especialización Tecnológica, herramienta lanzada por la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial. El importe del proyecto es de 28,45 millones de euros, cofinanciados el 75 % por la Unión Europea y el 25 % por las comunidades autónomas de Castilla y León y Canarias.
Esta iniciativa busca modernizar la gestión de los recursos forestales mediante el uso intensivo de tecnologías habilitadoras y la creación de una infraestructura de datos interoperable que conecte a administraciones, empresas y centros de investigación.
El proyecto RetechFOR se enfoca en el desarrollo de soluciones avanzadas en tres ámbitos fundamentales. En primer lugar, el monitoreo y prevención mediante el uso de datos satelitales, sensores y algoritmos de inteligencia artificial para la alerta temprana y la generación dinámica de mapas de riesgo de incendios. En segundo lugar, la gestión del dato a través de la creación de un espacio de datos forestal interoperable, una infraestructura crucial para que la información fluya entre la administración, los gestores y la industria. Por último, la selvicultura de precisión mediante la implementación de un inventario forestal continuo que, mediante el uso de gemelos digitales, permita optimizar los aprovechamientos y la planificación forestal, asegurando una bioeconomía forestal eficiente y sostenible.
Socios proyecto RetechFOR
CARTIF: innovación para la gestión forestal digital
En el marco de esta iniciativa y con el objetivo de asegurar la mejor implementación tecnológica, CARTIF colabora activamente en la ejecución del proyecto AG-RetechFOR. Este centro tecnológico está liderando el desarrollo de espacios de datos forestales que garantizan la interoperabilidad, soberanía y trazabilidad de la información, elementos fundamentales para el éxito de la transformación digital del sector.
La participación de CARTIF en el proyecto RetechFOR se centra en tres áreas clave que resultan esenciales para la modernización del sector forestal. En primer lugar, el diseño e implementación de conectores interoperables que facilitan la integración segura de datos heterogéneos procedentes de múltiples fuentes, permitiendo que información dispersa pueda ser consolidada y analizada de manera eficiente manteniendo la soberanía y gobernanza de las fuentes de información.
En segundo lugar, el desarrollo de plataformas digitales para la gestión del patrimonio natural, incorporando tecnologías de sistemas de información geográfica multicapa que permiten la visualización y análisis integrado de información geoespacial. Estas herramientas resultan fundamentales para comprender la complejidad territorial y tomar decisiones informadas sobre la gestión de los recursos naturales.
Finalmente, la aplicación de metodologías de modelado de información para la construcción en la gestión digital de infraestructuras forestales críticas representa una innovación significativa. Esta aproximación permite crear representaciones digitales precisas de instalaciones forestales, facilitando su mantenimiento, optimización y planificación a largo plazo.
La capacidad técnica de CARTIF, combinada con el cumplimiento de estándares europeos en materia de espacios de datos, posiciona al centro tecnológico como un actor estratégico para la transformación digital sostenible del territorio. Su contribución resulta clave para construir un ecosistema forestal más resiliente, eficiente y competitivo en Castilla y León, demostrando que la innovación tecnológica y la sostenibilidad ambiental pueden y deben ir de la mano.
Si uno viese (y oliese) los gases procedentes de una combustión y de una digestión anaerobia, no encontraría muchos parecidos aparte del estado de la materia en el que se hallan. En realidad, ambos tienen un componente en común que es inodoro, incoloro e insípido: el dióxido de carbono, compuesto por un átomo de carbono y dos de oxígeno (CO2). Es un componente natural de la atmósfera, con una concentración media de alrededor de 420 mg/L y juega un papel esencial en procesos biológicos como la fotosíntesis y la respiración.
Molécula de dióxido de carbono (CO2) y de oxígeno (O2)
Desde el punto de vista físico-químico, el CO2 presenta propiedades versátiles. A temperatura y presión ambiente se encuentra en estado gaseoso, pero puede licuarse a presiones superiores a 15 bar a -20 °C. El dióxido de carbono (CO₂) presenta una característica peculiar: a presiones atmosféricas normales puede pasar directamente del estado gaseoso al sólido sin pasar por el estado líquido. Este proceso se conoce como sublimación inversa. Gracias a esta propiedad, el CO₂ se utiliza en forma de “hielo seco”, que se encuentra a una temperatura de –78,5 °C, y se emplea ampliamente en refrigeración y transporte de productos sensibles a la temperatura.
Estas transiciones de fase del CO₂ son aprovechadas en diversas industrias, como la alimentaria y la farmacéutica, debido a su eficiencia y seguridad en la conservación de productos.
En términos industriales, el CO2 se utiliza ampliamente en procesos como carbonatación de bebidas, inertización de atmósferas, soldadura, extinción de incendios y como fluido en tecnologías emergentes como la captura y almacenamiento de carbono (CCS por sus siglas en inglés). También es un gas clave en la producción de biocombustibles y en la generación de energía, donde se emplea en estado supercrítico (por encima de 31 °C y 74 bar) gracias a sus propiedades únicas de solubilidad y densidad.
Diferencia entre sólido, líquido y fluido.
Sin embargo, el CO2 es también un gas de efecto invernadero con alto impacto climático, por lo que su gestión adecuada resulta fundamental. Innovaciones en su captura, reutilización y valorización están abriendo nuevas oportunidades para reducir emisiones, convertirlo en productos útiles y avanzar hacia una economía más sostenible y circular.
Por eso, desde CARTIF consideramos que poder atrapar el CO2 en su origen es del más alto interés. En este caso, nos hemos centrado tanto en el CO2 procedente de la formación de biogás, como en el CO2 proveniente de la combustión de biomasa.
En la formación de biogás, el CO2 se produce a través de procesos anaerobios, donde microorganismos descomponen la materia orgánica en ausencia de oxígeno. En esta digestión anaerobia, las bacterias transforman polisacáridos y grasas en una mezcla de metano (CH4) y dióxido de carbono. El biogás típico contiene entre un 30-45% de CO2, el cual no solo es un subproducto inevitable, sino que también influye en el poder calorífico del biogásdebido a que es un gas inerte energéticamente, es decir, no participa en la combustión y, por lo tanto, no aporta energía. Cuanto mayor sea la proporción de CO2 en la mezcla, menor será la concentración de CH4, que es el componente combustible responsable del contenido energético. Un biogás típico con 60-70% de metano tiene un poder calorífico de 20-25 MJ/m³, mientras que, si el contenido de CO₂ aumenta y el metano disminuye, este valor puede reducirse significativamente, afectando la eficiencia en calderas, motores y turbinas.
«Un biogás típico con 60-70% de metano tiene un poder calorífico de 20-25 MJ/m3 «
En la combustión de biomasa, el CO2 se genera a partir de la oxidación del carbono contenido en materiales orgánicos como residuos agrícolas, forestales o pellets. Durante la reacción, el carbono (C) presente en la biomasa se combina con el oxígeno (O2) del aire, liberando energía en forma de calor y produciendo dióxido de carbono (CO2) y vapor de agua (H2O). Este proceso es rápido y ocurre a altas temperaturas, siendo la base de tecnologías como calderas y plantas de cogeneración. En la combustión de biomasa, la concentración típica de CO2 en los gases de combustión suele situarse entre 3% y 15% en volumen, dependiendo del tipo de biomasa, la cantidad de oxígeno disponible y la eficiencia del proceso. Este valor es relativamente bajo porque, además de CO2, los gases contienen una gran cantidad de nitrógeno (N2) procedente del aire de combustión, así como vapor de agua, oxígeno residual y pequeñas trazas de monóxido de carbono (CO) y otros compuestos.
Bienvenido a la solución, tenemos membranas y contactores
La solución propuesta desde CARTIF consiste en el uso de un sistema de contactores de membrana, la cual puede separar el CO2 de una corriente de múltiples gases, siendo capaz de obtener una salida con CO2 de alta pureza.
Un contactor de membranas es una tecnología avanzada utilizada para separar y purificar gases, en este caso, para la captura y concentración de CO2 a partir de corrientes gaseosas. Su funcionamiento se basa en el principio de transferencia de masa a través de una membrana hidrofóbica, que actúa como barrera física entre la corriente gaseosa y un líquido absorbente que reacciona selectivamente con el CO2.
El sistema está compuesto por un módulo con miles de fibras huecas de material polimérico. El gas que contiene CO₂ mezclado con otros componentes, circula por un lado de la membrana (normalmente el interior de las fibras), mientras que el líquido absorbente fluye en contracorriente por el lado opuesto. Gracias a la naturaleza hidrofóbica de la membrana, esta impide el paso del líquido, pero permite que el CO₂ se difunda a través de sus poros, impulsado por un gradiente de presión parcial. Una vez que el CO2 atraviesa la membrana, es capturado por el absorbente líquido, que en nuestro caso puede variar entre agua destilada o una disolución de NaOH. Este proceso ofrece alta selectividad, ya que otros gases como el metano no atraviesan los poros de la membrana y permanecen en la corriente gaseosa, obteniéndose así un gas purificado con menor concentración de CO2.
Esquema de contactores de membrana. Fuente: https://www.researchgate.net/figure/Schematic-representation-of-the-HFMC-for-CO2-absorption_fig1_379710499
Posteriormente, el líquido saturado con CO2 se dirige a una etapa de regeneración, donde, mediante una bajada de presión, se libera el CO2 puro, mientras que el líquido absorbente se recicla para volver al primer contactor. El CO2 recuperado puede ser almacenado, comprimido o reutilizado en procesos industriales como carbonatación, inertización o producción de combustibles sintéticos.
¿Y el CO2 obtenido?
El sistema de contactores de membranas para la extracción de CO2 de corrientes gaseosas ha sido testeado en el Centro con buenos rendimientos de separación, por lo que a partir de este momento se ha decidido añadir a nuestra planta piloto un sistema de compresión de CO2 para almacenarlo en botellas en forma gaseosa, con el fin de poder utilizarlo en diferentes aplicaciones industriales (carbonatación de bebidas, crecimiento de microalgas, síntesis de otras moléculas, etc.).
Un compresor de CO2 funciona aumentando la presión del gas mediante la reducción progresiva de su volumen a través de una o varias etapas de compresión. En cada etapa, un pistón reduce el espacio ocupado por el CO2, elevando su presión y temperatura. Para evitar sobrecalentamientos, el gas se suele enfriar entre etapas mediante intercambiadores de calor. Este proceso permite llevar el CO2 desde condiciones cercanas a la atmosférica hasta presiones de almacenamiento con el fin de evitar la licuefacción del mismo.
Por ello, el sistema está diseñado para mantener la temperatura y presión en rangos seguros, asegurando que el CO2 permanezca en fase gaseosa durante todo el proceso. Esto permite una operación más estable, segura y económica, especialmente en proyectos piloto o de reutilización de CO2, donde la simplicidad y fiabilidad son clave.
Conclusiones: del residuo climático al recurso estratégico
El dióxido de carbono (CO2) es uno de los principales gases de efecto invernadero, cuya concentración atmosférica ha aumentado significativamente debido a actividades humanas como la quema de combustibles fósiles y ciertos procesos industriales. Reducir estas emisiones es clave para mitigar el cambio climático y avanzar hacia un modelo productivo más sostenible. Sin embargo, el CO₂ no debe verse únicamente como un residuo, sino como un recurso valioso que puede ser capturado, purificado y reutilizado en diferentes sectores dentro de una economía circular.
En este contexto, la tecnología de contactores de membranas se presenta como una solución innovadora y eficiente para la purificación de CO2. Estos sistemas permiten separar el dióxido de carbono de mezclas gaseosas como el biogás o los gases de combustión mediante un proceso físico-químico basado en membranas hidrofóbicas y un líquido absorbente selectivo. Su diseño modular ofrece una gran superficie de contacto en un espacio reducido, mejorando la eficiencia y reduciendo el consumo energético frente a métodos tradicionales. Gracias a esta técnica, es posible obtener CO₂ de alta pureza mientras otros gases, como el metano, permanecen libres de contaminantes y listos para su aprovechamiento.
Una vez purificado, el CO2 debe almacenarse de manera segura. Para ello, se emplean sistemas de compresión y almacenamiento en botellas de gas, diseñados para mantener el CO2 en fase gaseosa, evitando su licuefacción. Esto implica comprimirlo hasta presiones controladas, generalmente entre 15 y 20 bar, mediante compresores multietapa que aseguran la estabilidad y seguridad del proceso. El gas comprimido se almacena en racks de botellas que permiten su transporte y utilización posterior. Este paso es fundamental no solo para garantizar la integridad del equipo, sino también para cumplir con normativas de seguridad industrial.
El CO2 capturado y almacenado puede tener múltiples aplicaciones industriales, desde la carbonatación de bebidas y la conservación de alimentos, hasta su uso en procesos de soldadura, extinción de incendios o como materia prima en la producción de combustibles sintéticos y productos químicos. De esta manera, lo que antes se consideraba un desecho pasa a convertirse en un insumo con valor añadido. Este enfoque es un claro ejemplo de economía circular, donde se cierran ciclos productivos, se reducen emisiones y se fomenta la eficiencia en el uso de recursos.
En definitiva, la integración de tecnologías de captura como los contactores de membranas, junto con sistemas de compresión y almacenamiento, permite no solo reducir el impacto ambiental del CO2, sino también transformarlo en una oportunidad económica y tecnológica, impulsando la transición hacia industrias más limpias, resilientes y sostenibles.
Co-autor
Jesús Marroquín. Investigador en biogas/biometano/biohidrógeno