¿Cuánto patrimonio podemos permitirnos perder?

¿Cuánto patrimonio podemos permitirnos perder?

Cuando pensamos en el patrimonio cultural (y me refiero al construido) solemos imaginar los edificios e infraestructuras que, de una u otra manera, hemos conseguido conservar, que siguen ahí y que todavía cuentan la historia de un territorio: catedrales, castillos, monasterios, palacios, iglesias, ermitas, casonas, fábricas, puentes, estaciones… Mucho menos visible es el patrimonio que estamos perdiendo mientras lees estas líneas.


La Lista Roja del Patrimonio, creada por Hispania Nostra en 2007, intenta precisamente poner el foco en ese patrimonio que deja de ser visible. Recoge bienes españoles sometidos a riesgo de desaparición, destrucción o alteración esencial de sus valores. No es un inventario exhaustivo, ni un ranking de comunidades que cuidan mejor o peor su patrimonio: se nutre en gran medida de la participación ciudadana y sus casos son evaluados por un comité científico.

En Septiembre de 2026 esa lista contiene alrededor de 1648 bienes en peligro. Otros 269 han podido abandonar el riesgo y pasar a la Lista Verde. Pero 32 han recorrido el camino contrario: la Lista Negra, reservada para aquellos que han desaparecido o cuyos valores esenciales se han alterado irreversiblemente.

Artesonado de la iglesia de Santa María de Colaña, en Castromocho (Palencia), incluido en la Lista Roja del Patrimonio por su urgente necesidad de intervención. Un caso representativo del deterioro que amenaza a numerosos bienes patrimoniales del medio rural.

Y detrás de estas cifras hay una realidad bastante menos misteriosa de lo que podría pensarse: salvo en catástrofes naturales o guerras, el patrimonio no desaparece de repente. Primero se abandona. Después deja de mantenerse. Entra agua, falla una cubierta, aparece vegetación, se debilitan las estructuras y llega un momento en que reparar es terriblemente caro. A ello se suma la pérdida de uso: muchos edificios y construcciones históricas fueron concebidos para unas formas de vida, unas actividades y unas necesidades que hoy han desaparecido o cambiado por completo. Cuando dejan de ser útiles para la sociedad actual, es mucho más fácil que caigan en el abandono. La despoblación, los problemas de propiedad, las intervenciones inadecuadas, la falta de recursos, la presión urbanística o, sencillamente, una protección legal que existe sobre el papel, pero no siempre se traduce en una conservación efectiva, agravan más las cosas. Hispania Nostra identifica precisamente el abandono y la falta de mantenimiento como la causa más frecuente de riesgo.

Conviene decirlo sin rodeos: buena parte del patrimonio que perdemos no se pierde porque técnicamente no podamos conservarlo, sino porque hemos llegado demasiado tarde. ¿Y cuánto podríamos perder?…¡Buf! (buena pregunta)…Hay que ser muy prudentes. No disponemos de datos que permitan afirmar seriamente qué porcentaje de todo el patrimonio español desaparecerá. Pero sí podemos hacer una proyección sobre el patrimonio que ya está identificado como amenazado. Hemos dicho que desde la creación de la Lista Roja, 32 bienes han terminado en la Lista Negra. Si, como simple escenario de continuidad (no como predicción), proyectásemos durante los próximos veinte años el ritmo medio de pérdida irreversible observado hasta ahora, estaríamos hablando de unas 30-35 nuevas pérdidas, aproximadamente un 2 % de los bienes actualmente incluidos en la Lista Roja. Parece poco. Ni de lejos lo es, y nos habremos quedado cortos dado el imparable vaciado del medio rural. La cifra de este porcentaje representa iglesias, arquitectura tradicional, patrimonio industrial, yacimientos (entre otras tipologías) que ninguna restauración futura podrá devolvernos. La propia Lista Roja sigue creciendo: Castilla y León, por ejemplo, encabeza actualmente la clasificación nacional con 459 bienes en riesgo y, paradójicamente, es también una de las comunidades autónomas con mayor número de bienes patrimoniales inventariados y protegidos. Esto lleva a una interesante reflexión: más patrimonio reconocido no implica necesariamente menos patrimonio en peligro. La buena noticia está en los 88 bienes de nuestra comunidad en la Lista Verde: el deterioro puede detenerse.

Por tanto, la verdadera pregunta no es cuánto patrimonio vamos a perder en los próximos veinte años, sino cuánto estamos dispuestos a perder antes de reconocer que conservar preventivamente siempre será más inteligente, y normalmente más barato, que llegar cuando ya sólo queda lamentar la ruina.


Construir rápido para proteger vidas: un techo digno cuando cada hora cuenta

Construir rápido para proteger vidas: un techo digno cuando cada hora cuenta

Cuando un terremoto derrumba un barrio entero o un conflicto obliga a miles de personas a huir de sus casas, la pregunta que se plantean gobiernos y organizaciones humanitarias es siempre la misma: ¿cómo dar techo, con dignidad, a la mayor cantidad de personas posible en el menor tiempo posible?

Durante décadas, la respuesta por defecto ha sido el despliegue de tiendas de campaña o campamentos textiles. Sin embargo, cuando la emergencia se prolonga (transformándose en desplazamientos de meses o incluso años), las lonas resultan insuficientes frente al clima, la falta de privacidad y la inseguridad. Es aquí donde la construcción industrializada y modular (esa misma tecnología que está transformando una parte importante de la edificación residencial y de servicios) redefine el concepto de refugio. Y siempre teniendo en cuenta que la rapidez por sí sola no basta. Una solución que se despliega en días puede permanecer en uso durante años. Por eso, la construcción industrializada debe concebirse no como una versión rígida de la vivienda convencional, sino como una infraestructura adaptable que actúe como el puente perfecto entre la ayuda de emergencia inmediata y la reconstrucción permanente.


La construcción industrializada para emergencias nació, en realidad, muy cerca del mundo militar. Las primeras viviendas modulares de despliegue rápido con verdadera repercusión, las llamadas Quonset Hut, se desarrollaron durante la Segunda Guerra Mundial para necesidades logísticas del ejército, y ya entonces se diseñaron pensando principalmente en la facilidad de transporte y montaje.

Y vale la pena remontarse a otro antecedente clave: el trabajo de Jean Prouvé en la Francia de los años 30 y 40. Este diseñador e ingeniero desarrolló, ya en 1938, el principio constructivo del «pórtico axial» que daría lugar a su célebre Maison Démontable, una vivienda desmontable que podía transportarse en piezas y montarse en obra sin apenas herramientas especializadas. Su aplicación más significativa llegó con el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno francés le encargó un proyecto de casas en serie para alojar a los miles de personas que habían perdido su hogar en la región de Lorena, una de las zonas más castigadas por el conflicto. El resultado, la Maison 6×6 de 1944, condensaba ya buena parte de los principios que hoy definen la construcción industrializada de emergencia. Prouvé nunca abandonó esa preocupación por dar techo rápido y digno a quienes más lo necesitaban: en 1956, ante la ola de muertes de personas sin hogar durante el crudo invierno francés, diseñó la casa Les Jours Meilleurs a petición del propio gobierno.

Ilustración de un Quonset.
Fuente: https://robertopla.net/blog/los-barracones-quonset.htm

Esa misma lógica de estos precursores sigue siendo la clave de su utilidad en contextos de crisis: al fabricar los módulos en un entorno de fábrica controlado y trasladarlos ya prácticamente terminados, se elimina la dependencia de encontrar mano de obra especializada en plena zona de desastre, se evita quedar a merced del clima justo cuando las infraestructuras están más dañadas, y se puede escalar la producción con una rapidez que la obra tradicional simplemente no puede igualar. La industrialización traslada a fábrica la producción de elementos constructivos que pueden abarcar desde kits ligeros listos para ensamblar hasta módulos volumétricos con instalaciones, baños y acabados incorporados. Además, gran parte del control de calidad ocurre antes de que el módulo salga de fábrica, lo que resulta especialmente valioso cuando las viviendas van a alojar a personas en una situación de máxima vulnerabilidad.

La escalabilidad es quizá el argumento más determinante. Las organizaciones humanitarias pueden encargar y desplegar un número muy alto de unidades en un plazo relativamente corto, lo que les permite atender a múltiples familias de forma simultánea en lugar de secuencial, algo crítico cuando un desastre desplaza a decenas o cientos de miles de personas de golpe y cada día de retraso se traduce en más tiempo bajo lona, con el consiguiente impacto en salud y seguridad. Frente a los seis meses de vida útil habituales de un refugio de tienda de campaña convencional, muchas soluciones modulares actuales están pensadas para durar varios años, lo cual importa mucho porque, aunque a estos refugios se les llame «temporales», la realidad es que buena parte de las personas desplazadas por conflictos o catástrofes acaban viviendo en ellos durante años.

La clave está en asignar a cada fase la solución adecuada. En las primeras horas se necesitan evacuación y refugio inmediato. Después aparece una etapa transitoria que puede prolongarse: las familias deben recuperar privacidad, escolarización, atención sanitaria y medios de vida. Finalmente, la reconstrucción exige viviendas permanentes y barrios integrados. Pretender resolver las tres fases con un único producto suele generar alojamientos temporales que se degradan o asentamientos que aíslan y segregan a sus residentes.


El terremoto de Haití de enero de 2010 es uno de los episodios donde la construcción industrializada demostró su capacidad de respuesta a gran escala. Un sistema de caseta modular para alojamiento temporal y progresivo, patentado por la Cruz Roja Española en 2010, se empleó para instalar y entregar con éxito más de 3.000 alojamientos en el país caribeño. Resulta especialmente revelador comparar ese despliegue con lo ocurrido poco después en Lorca (España), donde ese mismo sistema tuvo que ser modificado y adaptado tras ser inicialmente rechazado por los beneficiarios, que exigían estándares de habitabilidad distintos a los aceptados en el contexto haitiano.

Es una lección incómoda pero importante: la construcción modular de emergencia no es una solución única y universal, sino que su diseño debe ajustarse a las expectativas culturales y a los estándares mínimos de cada contexto, algo que a veces se pasa por alto cuando se replica un mismo modelo en países muy distintos.


Si hay un proyecto que ha logrado visibilidad global en este terreno es Better Shelter, desarrollado a partir de 2013 gracias a la colaboración entre la Fundación IKEA, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la organización social del mismo nombre. Se trata de un refugio con capacidad para cinco personas, construido con estructura de acero y paneles de polímero ligero, que incorpora tuberías y cableado aislado, además de un panel solar en el techo capaz de alimentar una lámpara y una toma USB. Su montaje requiere solo cuatro horas de trabajo, frente a los meses que puede llevar levantar una vivienda convencional, y está diseñado para durar unos tres años, muy por encima de los seis meses de vida útil de una tienda de campaña estándar.

Diseño 3D de la construcción Better Shelter. Fuente: https://www.revistaad.es/arquitectura/galerias/diseno-social/9034

El diseño se probó y perfeccionó junto a familias refugiadas reales en Líbano, Etiopía e Irak antes de su despliegue definitivo, y desde entonces se ha instalado en países como Grecia, Irak, Chad, Serbia o Yibuti, donde además de vivienda se ha utilizado como centro sanitario improvisado. En Boa Vista, Better Shelter, ACNUR, la Operação Acolhida del Gobierno brasileño y la organización Hermanitos han probado una nueva generación del sistema con población refugiada y migrante venezolana. Los prototipos pueden cubrirse rápidamente en una emergencia y recibir después bloques, cubiertas más duraderas y otros materiales locales sin obligar a sus habitantes a trasladarse. La participación de personas venezolanas en la elección de materiales y en el diseño de puertas y ventanas introduce una lección esencial: la modularidad técnica debe ir acompañada de modularidad social. Las soluciones funcionan mejor cuando permiten apropiación, mantenimiento local y adaptación cultural.

El proyecto recibió el Gran Premio de los Beazley Design Awards en la categoría de Arquitectura, un reconocimiento poco habitual para una solución humanitaria, que subraya hasta qué punto el diseño industrializado bien resuelto puede combinar funcionalidad, dignidad y rapidez de despliegue.


Tras el terremoto y tsunami de 2011, Japón combinó vivienda pública, alquileres privados y más de 52.000 alojamientos temporales, en su mayoría prefabricados. La capacidad industrial permitió responder a gran escala, e incluso se construyeron soluciones de varias alturas, diseñadas por Shigeru Ban, con contenedores apilados en Onagawa, donde escaseaba el suelo.

El caso también mostró los riesgos de decidir solo desde la producción. Algunas unidades quedaron lejos de los barrios de origen, eran pequeñas o no ofrecían aislamiento suficiente para el clima de Tohoku. La asignación por sorteo rompió redes vecinales y agravó el aislamiento de personas mayores. Las mejoras posteriores (aislamiento, porches, espacios comunitarios y apoyo social) confirmaron que la vivienda no puede separarse de la localización, el transporte y la comunidad.


El terremoto que sacudió el sur de Turquía y el norte de Siria el 6 de febrero de 2023, con magnitudes de 7,8 y 7,5, se cobró más de 53.000 vidas y afectó a alrededor de 14 millones de personas, destruyendo o dañando gravemente más de 850.000 viviendas. La respuesta inmediata pasó, de nuevo, por la construcción industrializada: cientos de miles de personas fueron alojadas en ciudades de contenedores equipadas con agua y electricidad, levantadas en tiempo récord gracias a la fabricación en serie de estos módulos.

Pero este caso también sirve para poner en perspectiva los límites del modelo cuando la escala del desastre desborda la capacidad de reconstrucción definitiva: dos años después del terremoto, alrededor de 670.000 personas continuaban viviendo en contenedores, y menos de una cuarta parte de las viviendas necesarias había sido reconstruida de forma permanente. Uno de cada cuatro niños que perdieron su hogar en el seísmo seguía, dos años más tarde, en refugios temporales, con el consiguiente impacto en su escolarización.

El caso turco deja una enseñanza clara para el sector: la construcción industrializada es extraordinariamente eficaz para la respuesta inmediata, pero solo cumple su promesa completa si va acompañada de una estrategia de reconstrucción definitiva a medio plazo; de lo contrario, lo «temporal» corre el riesgo de convertirse en permanente por defecto, no por diseño.


En este contexto se enmarca REMODEC, un proyecto de investigación iniciado en 2026 que ha contado con financiación CDTI, proveniente del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, en el que participa el centro tecnológico español CARTIF. Esta iniciativa busca desarrollar una solución integral para planificar y desplegar de forma rápida, coordinada y sostenible la reconstrucción urbana tras una catástrofe.

El consorcio reúne capacidades en arquitectura modular (metro 7), BIM (atbim), inteligencia artificial (Luce IT), agua (Hidritec), infraestructuras (sorigué), energía y logística (ARPA). CARTIF e ITA aportan soporte tecnológico y de investigación. Entre los retos se encuentra el desarrollo de módulos desmontables y reconfigurables, homologables y estandarizados, capaces de responder a una emergencia inmediata y evolucionar después hacia una habitabilidad prolongada o permanente.

Es, en cierto modo, una respuesta directa a la lección que deja el caso turco: en lugar de improvisar sobre la marcha, REMODEC busca tener ya diseñado y probado, antes de que ocurra la próxima catástrofe, un sistema constructivo capaz de pasar de la respuesta de emergencia a una solución habitacional digna y duradera, sin tener que reinventar el modelo cada vez.


Puestos en conjunto, estos ejemplos dibujan un patrón bastante consistente. La construcción industrializada acorta de forma drástica el tiempo entre el desastre y la primera respuesta habitable, algo que en emergencias reales se traduce directamente en menos sufrimiento y menos riesgo para la salud de las personas desplazadas. También permite un salto de calidad frente a la tienda de campaña, con aislamiento térmico, instalaciones básicas y, en muchos casos, capacidad de alimentación eléctrica autónoma. Y, cuando el diseño se piensa bien desde el principio, permite una transición progresiva desde el refugio de emergencia hacia una solución habitacional más duradera, en lugar de obligar a las personas afectadas a mudarse de una solución temporal a otra sucesivamente.

Pero los mismos casos dejan igual de claro que la tecnología, por sí sola, no resuelve una crisis humanitaria o migratoria. El ejemplo de Haití y España muestra que un mismo diseño no sirve automáticamente para cualquier contexto cultural y social. El caso de Turquía demuestra que, sin una estrategia de reconstrucción definitiva y sin la financiación necesaria para ejecutarla, la solución modular de emergencia puede acabar prolongándose años más allá de lo previsto. Y detrás de todos los proyectos que sí funcionan bien (desde Better Shelter hasta REMODEC) hay un denominador común: un trabajo previo de investigación y diseño centrado en las personas que van a habitar esos módulos, no solo en la velocidad de fabricación.

Una respuesta industrializada responsable debería cumplir cinco condiciones. Primero, partir de escenarios de uso y tiempos realistas. Segundo, prever accesibilidad, diversidad familiar y protección de personas vulnerables. Tercero, diseñar el asentamiento con agua, saneamiento, energía, movilidad y servicios desde el principio. Cuarto, permitir reparación, ampliación y reutilización. Y quinto, involucrar a residentes, administraciones y actores locales en las decisiones. También conviene preparar capacidades antes de la crisis: sistemas homologados, proveedores alternativos, reservas de componentes, suelos seguros previamente identificados, manuales de montaje y modelos digitales que permitan configurar rápidamente cada despliegue. Sin esa preparación, incluso el mejor módulo puede quedar bloqueado por permisos, transporte o falta de infraestructuras.


La construcción industrializada ha pasado de ser una curiosidad técnica a convertirse en una pieza central de la respuesta humanitaria contemporánea, tanto ante catástrofes naturales como ante crisis migratorias y de desplazamiento forzado. El reto que queda por delante, como bien ilustra el caso turco, es que esa capacidad técnica vaya acompañada de la voluntad política y la financiación necesarias para que lo temporal no se convierta, por omisión, en la única respuesta disponible durante años. La construcción industrializada puede reducir drásticamente el tiempo entre la pérdida de una vivienda y la recuperación de un espacio seguro. Los casos reales demuestran su capacidad de escala, pero también recuerdan que rapidez no equivale automáticamente a calidad. Un alojamiento mal situado, poco adaptable o desconectado de los servicios puede prolongar la vulnerabilidad que pretendía resolver.

La innovación más valiosa será, por tanto, la que combine fabricación avanzada con diseño centrado en las personas y planificación de largo plazo. Ante una catástrofe o una crisis migratoria, el reto no es simplemente colocar un techo: es crear el primer paso de una recuperación digna, inclusiva y resiliente. Proyectos de investigación como REMODEC apuntan precisamente en esa dirección: preparar, antes de que llegue la próxima crisis, un sistema constructivo capaz de acompañar a las personas afectadas desde el primer día de emergencia hasta una vivienda digna y duradera.


Centros de datos: construyendo la infraestructura invisible que mueve el mundo

Centros de datos: construyendo la infraestructura invisible que mueve el mundo

En 2025, el volumen de datos creados y consumidos en el mundo superó los 180 zettabytes (un zettabyte son mil millones de terabytes) y se prevé que esta cifra se triplique entre 2025 y 2029. Esta explosión digital global ha situado a los centros de datos en el núcleo de la infraestructura crítica contemporánea. Desde el sector de la edificación, los centros de datos representan una de las tipologías constructivas de mayor especialización técnica. No se trata simplemente de levantar un gran almacén lleno de equipos: la estructura, la envolvente, las instalaciones eléctricas, los sistemas de refrigeración y los controles de seguridad deben funcionar con una coordinación casi quirúrgica. Y cada vez más, estos edificios deben hacerlo de forma sostenible.

Cada vez que enviamos un correo electrónico, consultamos el pronóstico del tiempo o pedimos que una inteligencia artificial nos ayude, esa petición viaja a un edificio que casi nadie suele ver. Un centro de datos (data center) no es el típico servidor de una empresa al final de un pasillo, es una infraestructura industrial de alta complejidad, con miles de servidores y multitud de sistemas auxiliares. Están diseñados para almacenar, gestionar y procesar ingentes cantidades de datos y garantizar que estén siempre disponibles, dando soporte a servicios digitales esenciales: desde plataformas en la nube hasta inteligencia artificial, pasando por banca, administración o industria conectada.



La construcción de un centro de datos varía drásticamente según su propósito y escala. No es lo mismo diseñar una instalación para una Pyme que un nodo masivo para un gigante tecnológico. Hay que distinguir entre diferentes tipos de centros de datos en función de diferentes características:

  • Empresariales (On-Premises), construidos y gestionados por la propia empresa para uso exclusivo, ofreciendo máximo control
  • De colocación (Colocation), donde el proveedor alquila espacio, energía y seguridad a diversas empresas, permitiendo externalizar la infraestructura
  • Cloud Data Centers (Nube), infraestructura virtualizada y alojada por proveedores de servicios en la nube (ej. AWS, Azure), enfocada en escalabilidad y bajo demanda
  • Tipo híbrido, que son una combinación de infraestructura física y servicios de nube, optimizando flexibilidad y seguridad
  • Servicios gestionados, que son aquellos donde el proveedor no solo alquila espacio, sino que gestiona activamente la infraestructura del cliente.
  • Hiperescala (Hyperscale), que son centros masivos diseñados para computación en la nube masiva y Big Data, operados por gigantes tecnológicos (Google, Meta, AWS)
  • Edge Data Centers, que son instalaciones más pequeñas y descentralizadas, ubicadas cerca del usuario final para reducir la latencia
  • Micro Data Centers, que ofrecen soluciones compactas, a menudo prefabricadas, para necesidades específicas o entornos limitados.

Esta clasificación se basa en el estándar Tier del Uptime Institute, que es la referencia global.

ClasificaciónDisponibilidadRedundanciaPerfil típico
Tier I99,671%Sin redundanciaPymes, oficinas
Tier II99,741%ParcialEmpresas medianas
Tier III99,982%Mantenimiento sin cortesColocación, cloud regional
Tier IV99,995%Total, tolerante a fallosBanca, defensa, hiperescala

    Uno de los aspectos más críticos de los centros de datos es su elevado consumo energético. Un centro de datos a hiperescala puede consumir tanta electricidad como una ciudad de 100.000 habitantes. Diseñarlos bien no es solo una cuestión técnica: es una responsabilidad colectiva. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) sitúa el consumo anual de los centros de datos en torno a 450 TWh, representando casi el 2% del consumo mundial de energía. Y las estimaciones indican que este consumo podría duplicarse de aquí al 2030.

    La eficiencia energética de un centro de datos se mide con el indicador PUE (Power Usage Effectiveness). Un PUE de 1,0 es el ideal teórico -toda la energía va a los servidores- y un PUE de 2,0 significa que por cada vatio útil se gasta otro en refrigeración, iluminación y otros sistemas auxiliares. El promedio de la industria ronda el 1,5, aunque los mejores centros modernos ya alcanzan valores entre 1,1 y 1,2.

    PUE (Power Usage Effectiveness) = Consumo total de energía de la instalación / Uso de energía de los equipos informáticos

    La refrigeración puede suponer entre el 35 y el 45 % del consumo eléctrico total del edificio. Por este motivo, la innovación en sistemas de refrigeración -refrigeración líquida por inmersión, intercambiadores de calor de dos fases, sistemas de enfriamiento evaporativo indirecto- es una de las líneas de investigación más activas y también uno de los ámbitos donde desde CARTIF vemos mayor potencial de transferencia tecnológica.

    El calor residual de un centro de datos no debe desperdiciarse; puede (y debe) ser reutilizado para sistemas de calefacción urbana (district heating) o para procesos industriales cercanos. Un centro de datos puede ser, literalmente, la caldera de un barrio entero. Proyectos europeos recientes demuestran que es viable inyectar ese calor en redes de distrito para calentar viviendas y edificios terciarios en invierno, convirtiendo un problema en un activo energético.


    Desde el punto de vista constructivo, los centros de datos difieren significativamente de los edificios convencionales. Su diseño está condicionado por tres factores clave: disponibilidad, seguridad y eficiencia. A diferencia de la edificación convencional, el proceso constructivo de un centro de datos se rige por la concurrencia crítica: la obra civil y la integración de sistemas complejos (eléctricos y mecánicos) deben avanzar en una coreografía perfecta. Los mayores retos que afronta este tipo de construcción especializada son:

    • Estructura y carga de suelo: los racks de servidores pueden superar los 1.500 kg/m². Las losas deben dimensionarse muy por encima de un edificio de oficinas convencional y el conjunto debe ofrecer soluciones constructivas robustas diseñadas para soportar riesgos externos (sismicidad, inundaciones, incendios).
    • Suministro eléctrico redundante: se requiere doble acometida de red, grupos electrógenos diésel o de hidrógeno, y sistemas UPS (SAI) de gran escala que garanticen ausencia de microcortes. Los cuartos eléctricos pueden ocupar el 30 % de la superficie total.
    • Refrigeración: este es el gran desafío ya que el calor disipado por los servidores es enorme. Los sistemas van desde el aire acondicionado de precisión (CRAC/CRAH) hasta la refrigeración líquida directa en rack, los techos fríos/calientes y las Free-Cooling towers, que aprovechan el aire exterior.
    • Seguridad física: otro aspecto crítico que debe incluir accesos biométricos, cámaras 360°, blindajes electromagnéticos (jaulas de Faraday), sistemas de detección precoz de incendios por aerosol o agentes limpios que no dañen los equipos y materiales de construcción con clasificaciones REI elevadas.
    • Gestión de cables e infraestructura: los suelos técnicos elevados y los falsos techos deben albergar kilómetros de fibra óptica y cableado, con compartimentación estricta y rutas redundantes.
    • Envolvente y eficiencia: hay que integrar fachadas con alto aislamiento, cubiertas que minimicen la ganancia solar y una orientación estudiada para aprovechar los vientos dominantes en estrategias de free-cooling pasivo. Por último, la disposición de salas técnicas, la orientación, y la integración de sistemas pasivos y activos deben optimizar el consumo energético global.

    El proceso constructivo de un centro de datos presenta particularidades que lo diferencian de otras tipologías edificatorias, principalmente por la necesidad de coordinar de forma precisa múltiples disciplinas que rara vez convergen en un único proyecto: ingeniería estructural de alta carga, sistemas eléctricos de media tensión, climatización de precisión, gestión BIM avanzada y tecnologías de monitorización. Tras una fase inicial de planificación y diseño altamente detallada -frecuentemente apoyada en metodologías BIM-, la ejecución se caracteriza por una secuencia muy controlada donde la obra civil y la instalación de sistemas críticos avanzan de forma paralela.

    La construcción suele iniciarse con una infraestructura base robusta (cimentaciones y estructura) capaz de soportar cargas elevadas y garantizar la estabilidad frente a vibraciones. Posteriormente, adquiere especial relevancia la implantación de sistemas eléctricos redundantes (centros de transformación, grupos electrógenos, sistemas UPS) y de climatización, cuya integración requiere espacios técnicos específicos y una ejecución extremadamente precisa. En fases finales, se llevan a cabo pruebas exhaustivas (commissioning) para verificar que todos los sistemas funcionan de forma coordinada bajo diferentes escenarios operativos, lo que resulta crítico antes de la puesta en servicio.

    El ciclo de vida de un centro de datos -desde la concepción hasta la operación y el desmantelamiento- es un terreno fértil para la aplicación de tecnologías emergentes. Estas son las más relevantes desde la perspectiva de la construcción e ingeniería de instalaciones:

    • Gemelos digitales y BIM. La metodología BIM (Building Information Modelling) es hoy absolutamente obligatoria en proyectos de centros de datos. Permite coordinar con precisión las instalaciones de todas las disciplinas antes de comenzar la obra, detectando colisiones y secuenciando los trabajos. El paso siguiente es el gemelo digital operacional: un modelo actualizado en tiempo real a partir de la sensórica instalada, que permite simular escenarios de fallo, optimizar la distribución de carga o gestionar el mantenimiento predictivo.
    • Construcción industrializada y modular. Los módulos prefabricados de centros de datos permiten mejorar la calidad y reducir los tiempos de puesta en marcha. Esta tendencia está siendo adoptada por los principales centros de datos como estrategia de escalado rápido.
    • Inteligencia artificial en la gestión y el mantenimiento predictivo. Los sistemas DCIM (Data Center Infrastructure Management) de última generación incorporan algoritmos de machine learning que optimizan en tiempo real el régimen de los equipos de frío, gestionan la distribución de carga entre servidores y predicen cuándo un componente va a fallar antes de que lo haga.
    • Refrigeración líquida directa (Direct Liquid Cooling). Ante la densidad de potencia de los nuevos procesadores de inteligencia artificial -que pueden superar los 400 W por chip-, el aire simplemente no es suficiente. Los sistemas DLC conducen agua o dieléctrico directamente hasta el procesador mediante placas frías, trasladando la gestión del calor al plano hidráulico y permitiendo recuperar ese calor a temperaturas útiles.
    • Energías renovables e hidrógeno. Las grandes corporaciones tecnológicas se han comprometido a operar con energía 100 % renovable, y muchos centros de datos incorporan plantas solares fotovoltaicas en cubierta o mediante contratos PPA (Power Purchase Agreement o Acuerdo de Compra de Energía). El hidrógeno verde emerge como alternativa a los grupos electrógenos diésel para la reserva de energía de larga duración, con los primeros proyectos piloto ya en marcha en Europa del Norte.

    La importancia de estas infraestructuras en la economía es incuestionable. En España, las inversiones previstas para este año superan los 8.000 millones de euros, con proyecciones que alcanzan los 67.000 millones para el final de la década. Un gran centro de datos no es solo un edificio: es un catalizador económico de primer orden. La construcción de un centro a hiperescala moviliza entre 400 y 2.000 puestos de trabajo directos durante la fase de obra, con una demanda intensa de perfiles especializados como electricistas industriales, técnicos de climatización, instaladores de redes de fibra óptica y operadores BMS (Building Management Systems).

    Una vez en operación, los centros de datos generan empleo estable y bien remunerado -técnicos de sistemas, ingenieros de instalaciones, operadores de seguridad- y pagan facturas eléctricas que contribuyen de forma significativa a los ingresos de las distribuidoras y a la fiscalidad local. España ha vivido en los últimos tres años una oleada de inversiones, especialmente en Madrid (que ya figura entre los cinco mayores hubs de datos de Europa), pero también en territorios como Aragón, Navarra o Galicia, que han activado ventanillas únicas y tarifas eléctricas favorables para atraer a los grandes operadores que además atraen a empresas tecnológicas que buscan cercanía a la infraestructura. En territorios como Castilla y León, con disponibilidad de suelo, acceso a energías renovables y condiciones climáticas favorables, existe una oportunidad clara para atraer este tipo de inversiones.

    Desde una perspectiva de política regional, invertir en este tipo de infraestructuras contribuye directamente a los objetivos de la agenda digital europea (Digital Compass 2030) y a la soberanía tecnológica, evitando que los datos de ciudadanos y empresas europeas residan exclusivamente en infraestructuras de terceros países.


    Como hemos visto, los centros de datos pueden ofrecer grandes beneficios que incluyen la creación de empleo directo en fases de construcción y operación, el desarrollo de infraestructuras energéticas y de telecomunicaciones muy avanzadas, la atracción de empresas tecnológicas y startups y en general, un incremento de la competitividad regional.

    El sector de los centros de datos abre múltiples vías de negocio donde la colaboración entre la industria y los centros de investigación resulta especialmente valiosa:

    Consultoría técnica especializada. El mercado demanda arquitectos e ingenieros con formación específica en centros de datos. La escasez de este perfil en España es una oportunidad real para despachos y consultoras que inviertan en formación y certificación.

    Investigación en eficiencia energética. Desde centros tecnológicos como Cartif, hay un espacio muy relevante para desarrollar y transferir soluciones de optimización energética, recuperación de calor residual e integración con redes de energía inteligentes (smart grids).

    Materiales y sistemas constructivos avanzados. La industria demanda envolventes de alta eficiencia, soluciones de gestión hídrica para sistemas de enfriamiento evaporativo y materiales con certificaciones medioambientales rigurosas (EPD, cradle-to-cradle).

    Mantenimiento predictivo e inspección. El uso de drones con termografía, robots de inspección y plataformas de análisis de datos basadas en IA, para predecir el fallo de instalaciones críticas es un mercado en expansión y con alto valor añadido.

    Simbiosis industrial con el calor residual. La integración de centros de datos en redes de calor urbano requiere ingeniería de sistemas, acuerdos urbanísticos y modelos de negocio innovadores que son terreno propicio para la investigación aplicada.


    Los centros de datos son, paradójicamente, los edificios más influyentes de nuestra época y al mismo tiempo los más invisibles para la ciudadanía. Se levantan en polígonos industriales, se camuflan tras discretas fachadas y solo aparecen en los medios cuando algo falla. Sin embargo, cada búsqueda en internet, cada transacción bancaria, cada videollamada y cada petición a un modelo de inteligencia artificial pasa por ellos.

    Desde CARTIF, vemos en estos proyectos una encrucijada apasionante: la necesidad de construir más rápido, más eficientemente y de forma más sostenible, mientras la demanda crece a un ritmo que desafía cualquier previsión. La descarbonización del sector, la gestión inteligente de los recursos hídricos en regiones como Castilla y León, y la integración de los centros de datos en el tejido urbano y energético de las ciudades son desafíos que requieren exactamente el tipo de investigación aplicada y colaboración público-privada que es nuestra razón de ser.



    Cuando escuchamos los lamentos de los edificios históricos: del andamio al dato y del dato a la acción

    Cuando escuchamos los lamentos de los edificios históricos: del andamio al dato y del dato a la acción

    Cuando entramos en una catedral, paseamos por un monasterio o visitamos un castillo, pocas veces pensamos en todo lo que está ocurriendo en ellos “por dentro”. No vemos cómo la humedad sube lentamente por los muros, cómo los cada vez más recurrentes cambios bruscos de temperatura generan tensiones invisibles, o cómo una fisura milimétrica puede acabar siendo una grieta escandalosa con el paso del tiempo. Y, sin embargo, ahí es donde empieza muchas veces el deterioro del patrimonio.

    Conservar nuestros edificios históricos no es solo restaurarlos cuando aparece esa grieta o limpiarlos cuando una fachada está deslucida. Es, sobre todo, anticiparse. Entender qué les está pasando antes de que el problema sea evidente. Con esa idea nace el Modelo Integral de Monitorización Inteligente y Evaluación Predictiva de Riesgos en Bienes de Interés Cultural (MIMER-BIC), desarrollado por el Área de Patrimonio Cultural de CARTIF.

    Este modelo parte de algo en lo que seguro que todos estamos de acuerdo: para saber lo que le pasa a alguien, primero tenemos que escucharlo. Y si ese “alguien” es algo tan valioso como nuestros edificios históricos, escuchar significa medir. Sensores que registran la temperatura, la humedad, la luz (infrarroja, visible y ultravioleta), la calidad del aire, el crecimiento de grietas, la inclinación de los muros, las vibraciones, la presencia de insectos que atacan la madera, el número de visitantes o incluso las posibles intrusiones. Pero lo realmente innovador no es colocar sensores, sino transformar esos datos en información útil. El modelo convierte todas esas mediciones en indicadores claros y en índices de riesgo que permiten saber, con una escala sencilla de 0 a 100, si un edificio está en situación estable o si necesita una actuación prioritaria.

    Representación gráfica del modelo MIMER-BIC

    Gracias a esta metodología, es posible detectar si el ambiente interior está poniendo en peligro pinturas o retablos, si una estructura está sufriendo movimientos anómalos, si el exceso de visitantes está afectando al microclima, si un episodio meteorológico puede acelerar el deterioro exterior, si está empezando un incendio o si alguien ha entrado donde no debe. Ya no se trata de reaccionar cuando el daño es visible, sino de prevenirlo con tiempo y, sobre todo, con criterio.

    Detrás de este avance hay muchos años de investigación. El equipo de CARTIF ha trabajado intensamente en diferentes tecnologías como:

    • Escaneado 3D
    • HBIM
    • Conservación preventiva
    • Análisis estructural
    • Modelización de riesgos
    • Sensorización avanzada
    • Inteligencia artificial aplicada al patrimonio

    Pero este camino no lo ha recorrido en solitario. El trabajo codo con codo con empresas del sector (donde es especialmente destacable el papel de TRYCSA) ha sido clave para que el modelo no se quedara en el papel, sino que pudiera aterrizar en la realidad. Su experiencia práctica, su conocimiento técnico y su implicación han permitido que la propuesta metodológica se contraste, se ajuste y se convierta en una herramienta aplicable y eficaz.

    El resultado es un modelo original con una metodología propia (desde la definición de tipologías arquitectónico-funcionales y de las grandes familias de patologías, hasta la formulación de índices sintéticos de riesgo) que está protegido por la normativa de propiedad intelectual. Esta protección no es un mero trámite jurídico: es el reconocimiento de que estamos ante una propuesta pionera, con un alto valor científico y tecnológico para el sector de la conservación del patrimonio. Un modelo desarrollado en Castilla y León, pero con vocación claramente global y en la primera línea de la investigación aplicada al patrimonio cultural.



    En un momento en el que el cambio climático, la presión turística y la falta de recursos ponen a prueba la capacidad de conservación, disponer de herramientas que permitan priorizar, planificar y decidir con datos objetivos es más necesario que nunca. El modelo MIMER-BIC representa precisamente eso: una nueva forma de cuidar lo que es de todos, combinando conocimiento experto, tecnología y colaboración entre investigación y empresa. Porque al final, conservar el patrimonio no es solo mantener en pie edificios antiguos. Es proteger historias, recuerdos, y una identidad compartida. Y hacerlo con inteligencia hoy es la mejor garantía de que seguirán ahí mañana.


    Inteligencia Artificial y Patrimonio Cultural: una alianza prometedora (con matices)

    Inteligencia Artificial y Patrimonio Cultural: una alianza prometedora (con matices)

    Todos sabemos que la Inteligencia Artificial (IA) se está aplicando con gran acierto en sectores como la medicina, la industria o la movilidad, donde existen millones de datos, imágenes y modelos con los que entrenar algoritmos cada vez más precisos. Sin embargo, cuando se trata del Patrimonio Cultural, la situación es muy distinta.

    El Patrimonio (monumentos, obras de arte, yacimientos arqueológicos o archivos históricos, entre otros) es frágil y, en muchos casos, irrepetible. No existen grandes bases de datos de las que deriven los miles o millones de ejemplos que son necesarios para “alimentar” a una IA. Cada bien patrimonial tiene sus particularidades arquitectónicas, materiales, estados de conservación y contextos históricos que lo hace único. Esta escasez de datos convierte no sólo en un reto, sino en un auténtico desafío aplicar las técnicas de IA tal y como se usan en otros sectores.

    Es más, incluso cuando existen datos suficientes para conformar una base de conocimiento útil, suele haber reticencias a compartirlos, y no digamos nada para hacerlos públicos. En muchos casos, la información sobre el estado real de conservación de un bien, ya sea mueble o inmueble, se considera comprometida o sensible, ya que revelar deterioros, vulnerabilidades o patologías podría tener consecuencias no deseadas, desde cuestiones legales o de seguridad hasta repercusiones económicas o reputacionales.

    Aun así, la IA puede ayudar a extraer el máximo valor de la información disponible, combinando datos procedentes de múltiples fuentes: informes técnicos, análisis científicos, catas, modelos 3D, imágenes históricas o incluso percepciones de expertos.

    Lo que es muy claro es que, a diferencia de otros ámbitos que serán copados por la IA, en Patrimonio no sustituirá nunca al experto humano. La toma de decisiones sobre la conservación o restauración de un bien requiere de un profundo conocimiento contextual, sensibilidad (algún día hablaremos de qué significa esto), juicio ético y creatividad, algo que ninguna máquina puede replicar.

    Ahora bien, lo que sí puede hacer, y de hecho acabará irremediablemente haciendo la IA, es apoyar a los especialistas: analizar volúmenes de información que antes requerían semanas de trabajo, detectar patrones o proponer hipótesis de comportamiento de materiales, obras de arte o edificios enteros ante distintos escenarios. En definitiva, ofrecer al profesional una visión integrada y rápida que le permita tomar decisiones más informadas.


    Mirando al futuro, que en el caso del Patrimonio es el largo plazo, a medida que se generen más datos digitales del Patrimonio (escaneos 3D, registros fotogramétricos, imágenes en diferentes bandas espectrales y resoluciones, análisis químicos o sensorización para conservación preventiva), las oportunidades crecerán. Y lo harán exponencialmente. Pero siempre manteniendo un principio básico: la IA es una herramienta de ayuda a la preservación, no un sustituto del criterio humano que garantiza que nuestro legado cultural siga vivo, comprensible y auténtico.

    CARTIF está ya en ello de la mano de entidades que complementariamente juegan un papel fundamental en la investigación, protección, conservación, restauración y difusión del Patrimonio. Proyectos como iPhotoCult a nivel europeo, donde se evaluará la aplicabilidad de la IA a la valoración de la integridad estructural de armaduras de cubierta histórica en madera inspeccionadas con un robot-perro en la Iglesia de Ntra. Sra. De la Asunción (Roa, Burgos) como referente; o el recientemente concedido proyecto MINERVA, que a nivel español digitalizará los procesos de inspección técnica de edificación histórica definidos en el previo ITEHIS (presentados recientemente ante el Comité Técnico Español de Conservación, Restauración y Rehabilitación de Edificios del UNE) aportará conocimiento experto empresarial para ver por dónde puede orientarse la IA en este sentido.

    Mucho camino por recorrer y pasito a pasito: ¿andamos juntos?

    Conservar lo que somos: una nueva mirada técnica al mantenimiento del patrimonio construido

    Conservar lo que somos: una nueva mirada técnica al mantenimiento del patrimonio construido

    Bajo las bóvedas de una iglesia gótica, entre los muros gruesos de un monasterio cisterciense, en las yeserías de un palacio renacentista o en las fábricas de tapial y entramado de una casa tradicional, late una misma realidad: el patrimonio construido forma parte esencial de nuestra historia y de nuestra identidad colectiva. Un legado físico hecho de piedra, madera, cal, ladrillo o tierra cruda, que fue concebido con una lógica constructiva sabia y adaptada a su tiempo.

    Hoy, sin embargo, buena parte de estos edificios se deterioran, se vacían y, en demasiados casos, desaparecen sin haber tenido una segunda oportunidad. La falta de un uso actualizado, la pasividad, la ausencia de planes de mantenimiento, el coste que suponen y, sobre todo, algo de lo que se habla muy poco o se mantiene de tapadillo: la incomprensión técnica de cómo fueron construidos, están acelerando su pérdida.

    Ciclo de vida del Monasterio de Nuestra Señora del Prado (Valladolid), edificio piloto del proyecto INHERIT. Elaboración propia

    ¿Cómo conservar lo que no se conoce? ¿Cómo mantener con criterio si ignoramos cómo se construyó, el por qué de los materiales o qué lógica estructural hay detrás? La conservación preventiva no es una moda: es una necesidad urgente si queremos preservar nuestra herencia cultural con rigor y responsabilidad.

    En CARTIF consideramos esencial investigar y desarrollar soluciones técnicas, innovadoras, pero a la vez realistas y asumibles, que ayuden a afrontar este reto desde el conocimiento y el respeto por lo construido. Queremos contribuir a una conservación más inteligente y más útil que no se base en la improvisación ni en recetas estándar, sino en comprender cómo se construyen las cosas para poder cuidarlas mejor, con la convicción de que la conservación del patrimonio es un proceso colectivo: una forma de valorar lo que nos une, de implicar a la ciudadanía y de reforzar el vínculo con nuestro entorno. Proyectos en los que venimos trabajando , como INHERIT o iPhotoCult, respaldan esta visión y refuerzan la necesidad de ofrecer una nueva mirada tecnológica a la conservación del patrimonio. Ya en nuestro post «La ITV de la edificación histórica» abordamos esta perspectiva; si te interesa profundizar, te recomendamos su lectura.

    Los edificios históricos no responden a las reglas de la construcción moderna. Sus materiales: cal, ladrillo, piedra, madera, tierra…, son porosos, naturales, adaptados al clima y al contexto y sus sistemas constructivos, muros portantes, bóvedas, armaduras de cubierta, obedecen a una lógica diferente. Evaluarlos con los mismos criterios técnicos que un edificio de hormigón armado o acero no solo es incorrecto, es injusto.

    Necesitamos herramientas que hablen el idioma del patrimonio construido. Una mirada específica que valore su singularidad técnica. Porque la diversidad constructiva, lejos de ser un problema, es un valor añadido.

    Hoy en día, muchas inspecciones diagnósticas dependen casi exclusivamente de la experiencia del técnico que las realiza. Esto es valioso, imprescindible incluso, pero también insuficiente si no se estructura la información de manera homogénea, trazable y útil para procesos posteriores como la planificación del mantenimiento, la rehabilitación o al evaluación del riesgo. No se trata de imponer una única manera de inspeccionar, sino de proponer una estructura técnica común, abierta a evolución, que respete la diversidad y aumente la eficacia de las decisiones.

    Flujo de trabajo hacia el mantenimiento preventivo basado en HBIM: de la toma de datos al conocimiento. Elaboración propia

    Por ello, consideramos fundamental abrir el debate y avanzar hacia una propuesta metodológica que dé respuesta a las necesidades específicas de este ámbito con criterios técnicos claros y una visión sistemática que permita:

    • Identificar y valorar los sistemas constructivos históricos desde su propia lógica.
    • Detectar y estructurar los síntomas de deterioro por ámbitos técnicos (cimentación, estructura, fachada, cubierta, particiones y acabados interiores, cerrajería y carpintería, accesibilidad, e instalaciones y sistemas inteligentes).
    • Evaluar los riesgos asociados, tanto físicos como funcionales o ambientales.
    • Generar datos estructurados y reutilizables, que permitan conectar con herramientas digitales como modelos H-BIM o plataformas de mantenimiento.

    Este enfoque no se basa en estandarizar por simplificar. Al contrario: propone unificar criterios técnicos de forma inteligente, consensuando entre diferentes profesionales, adaptándose a distintos contextos y tipologías, y respetando la diversidad arquitectónica y cultural del patrimonio construido, siempre alineados al marco normativo actual (como la serie UNE 41805 sobre diagnóstico de edificios) y usando como referencia las recomendaciones del Plan Nacional de Conservación Preventiva del Instituto del Patrimonio Cultural Español (IPCE).

    Adoptar una metodología técnica adaptada al patrimonio ofrece beneficios concretos tanto para técnicos y empresas como para administraciones públicas:

    • Costes reducidos a medio y largo plazo, al evitar intervenciones de emergencia.
    • Transparencia y trazabilidad, con datos organizados y comparables entre edificios.
    • Valoración del conocimiento técnico tradicional, reconociendo la lógica y la eficacia de sistemas y materiales históricos, a la vez que se cubren nichos profesionales absolutamente necesarios, que actualmente carecen de cobertura.
    • Apoyo real a la toma de decisiones, sin sustituir criterios técnicos profesionales.
    • Conectividad con modelos digitales y modelos H-BIM, que permiten planificar el mantenimiento, evaluar los riesgos de deterioro, registrar el envejecimiento de materiales, o el comportamiento energético (cuando sea necesario).

    Este tipo de herramientas son claves para conseguir una gestión más útil y proactiva, que ayude a planificar mejor, a intervenir menos, y a conservar más, permitiendo alcanzar un patrimonio sostenible, resiliente, eficiente en el uso de recursos y, en definitiva, rentable.

    El potencial de este enfoque no termina en la inspección o el diagnóstico. Se abre un camino hacia herramientas digitales capaces de integrar modelos 3D, imágenes geolocalizadas, sensores ambientales, estructurales o de cualquier otro tipo, y monitorización de lesiones o incluso sistemas de IA que anticipen patrones de deterioro.

    Flujo de trabajo aplicado a la excolegiata de Nuestra Señora de la Asunción de Roa (proyecto iPhotoCult), con toma de datos mediante plataforma robótica terrestre (UGV)

    Pero todo esto solo será útil si parte de una base sólida: datos fiables, técnicos y bien estructurados. Porque la tecnología, por sí sola, no conserva edificios. Lo hacen las personas con criterio, apoyadas por herramientas que respetan lo construido y lo comprenden desde dentro.

    El patrimonio edificado no es una colección de piedras antiguas. Es una expresión viva de nuestra identidad, de nuestra manera de habitar, de nuestros oficios, nuestras decisiones y nuestra memoria. Y conservarlo, hoy más que nunca, es una forma de cuidarnos como sociedad.