El hogar digital empieza precisamente ahí: cuando sensores, dispositivos conectados, automatización e inteligencia artificial dejan de ser tecnologías aisladas y empiezan a trabajar juntas para adaptarse a las necesidades de las personas.

Porque cuando hablamos de domótica, es fácil pensar en persianas que suben solas, electrodomésticos conectados, asistentes de voz o una aplicación desde la que podemos controlar prácticamente cualquier cosa. Todo eso está muy bien, pero creo que la parte verdaderamente interesante empieza cuando dejamos de pensar en los dispositivos de manera aislada y empezamos a pensar en qué necesitamos las personas que vivimos en ese hogar digital.


Todos tenemos rutinas, aunque probablemente nunca nos hayamos parado a pensarlo. Nos levantamos aproximadamente a la misma hora, pasamos por determinadas habitaciones, cocinamos, salimos de casa, volvemos o vemos la televisión.

En una vivienda domotizada, pequeños sensores y dispositivos pueden aportar información sobre muchas de estas situaciones: si hay alguien en una habitación, si una puerta se ha quedado abierta, si aparece humo, si existe una fuga de agua, cuál es la temperatura de la vivienda o cuántos estamos consumiendo. Por separado son simplemente datos. Lo interesante ocurre cuando conseguimos que esos dispositivos trabajen juntos.

Imaginemos que salimos de casa y nos hemos dejado una ventana abierta. O que empieza a detectarse agua en un lugar donde no debería haberla. O que una persona se levanta por la noche y la vivienda adapta automáticamente la iluminación para facilitar su desplazamiento. En estos casos, la tecnología deja de ser algo que tenemos que manejar constantemente para convertirse en algo que nos ayuda cuando hace falta. Y ese matiz cambia bastante las cosas.


La domótica lleva muchos años permitiéndonos automatizar acciones. Si ocurre A, hace B. Si oscurece, enciende la luz. Si la temperatura baja, activa la calefacción. Si se detecta humo, se genera una alarma.

Actualmente tenemos la posibilidad de avanzar hacia sistemas algo más interesantes: combinar información procedente de distintos dispositivos, analizarla y utilizarla para comprender mejor el contexto. Aquí tecnologías como la inteligencia artificial pueden tener un papel importante. No necesariamente para que nuestra casa se convierta en una especie de HAL 9000 que decida por nosotros, sino para algo bastante más práctico: detectar patrones, aprender rutinas e identificar cuándo algo se sale de lo habitual. Y esto resulta especialmente interesante cuando trasladamos el hogar digital al ámbito del bienestar y la salud.


Pensemos, por ejemplo, en una persona mayor que vive sola. Tal vez lo importante no sea saber cada vez que abre una puerta o entra en una habitación. De hecho, probablemente eso no le interese a nadie. Lo relevante puede ser detectar que algo ha cambiado. Que determinadas rutinas empiezan a realizarse de una forma diferente. Que existe una situación potencialmente peligrosa. O que puede ser conveniente ofrecer ayuda. La diferencia entre ambas aproximaciones es importante: no se trata de vigilar a una persona, sino de conseguir que su entorno pueda apoyarla respetando al máximo su autonomía y, por qué no decirlo, su privacidad.


Hablar de todo esto sobre el papel es relativamente sencillo, otra cosa es entrar en una vivienda y comprobar cómo funciona.

Con ese objetivo se ha creado el Centro Demostrador Hogar Digital, ubicado en Villanubla e impulsado por la Diputación de Valladolid en el marco del proyecto europeo IBERUS SMART CDT, en cuya implantación tecnológica, gestión y dinamización participa CARTIF. El espacio reproduce una vivienda con estancias reconocibles (cocina, salón, dormitorio o baño) en las que diferentes tecnologías conviven dentro de un mismo entorno.

Seguridad, eficiencia energética, bienestar y salud, comunicación, accesibilidad, automatización, asistentes virtuales o robótica son algunos de los casos de uso con los que se puede interactuar en el centro.

Pero personalmente creo que lo más interesante del demostrador no es enseñar una colección de dispositivos, es poder probar qué ocurre cuando los conectamos entre sí y los llevamos a situaciones reales.

Porque desarrollar tecnología dentro de un laboratorio es una cosa. Conseguir que sea útil cuando entra en nuestra cocina, en nuestro dormitorio o en nuestro salón es otra bastante diferente. Tienes que se sencilla, fiable. Diferentes dispositivos deben ser capaces de entenderse entre ellos. Y, sobre todo, tiene que resolver una necesidad real.

Si para encender una luz inteligente necesitamos abrir el móvil, buscar una aplicación, esperar a que conecte y pulsar tres botones…probablemente el viejo interruptor de la pared siga siendo una tecnología bastante difícil de superar.






Creo que uno de los grandes retos del hogar digital está precisamente ahí. Durante años hemos diseñado dispositivos y después hemos pedido a las personas que aprendan a utilizarlos. Nuevas aplicaciones, nuevos menús, nuevas contraseñas y configuraciones.

Quizá el siguiente paso sea hacer justamente lo contrario. Que sea nuestro entorno el que se adapte y que aprenda de nosotros.

Una vivienda que nos facilite determinadas tareas cuando nuestra movilidad disminuye. Que nos pueda aportar seguridad cuando vivimos solos. Que reduzca consumos sin obligarnos a estar pendientes constantemente de ellos. Que nos facilite la comunicación con familiares o profesionales. O que detecte determinadas situaciones antes de que se conviertan en un problema.

No necesitaremos todas estas cosas al mismo tiempo, ni todas las personas tendremos las mismas necesidades. Y precisamente ahí está la clave.

El hogar verdaderamente inteligente no será el que tenga más tecnología. Será aquel que sepa utilizarla justo cuando la necesitamos y pasar desapercibido cuando no.


Raúl Gómez Ramos
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