Durante los últimos meses, la palabra competitividad se ha convertido en una de las protagonistas indiscutibles del debate europeo. El informe de Mario Draghi sobre el futuro de la competitividad de la Unión Europea ha marcado buena parte de la conversación política y estratégica en Bruselas, situando en el centro del diagnóstico cuestiones como la productividad, la innovación, la industria, la energía, la digitalización, la dependencia tecnológica, el escalado empresarial y la capacidad de transformar conocimiento en mercado.

No es una preocupación menor. Europa se enfrenta a un contexto global cada vez más exigente, marcado por una competencia creciente con Estados Unidos y China, una presión demográfica evidente, costes energéticos elevados y la necesidad de acelerar la adopción de tecnologías emergentes. La brecha de productividad entre la Unión Europea y Estados Unidos se ha ampliado durante las dos últimas décadas, mientras que China ha reforzado de forma acelerada su capacidad industrial y tecnológica. A ello se suma la dependencia europea de tecnologías, materias primas y cadenas de suministro externas en sectores considerados estratégicos. En este contexto, la competitividad ya no se percibe únicamente como una cuestión económica, sino también como una cuestión de resiliencia y autonomía estratégica. La Comisión Europea parece haber asumido que sostener su modelo social, ambiental e industrial dependerá en gran medida de su capacidad para recuperar dinamismo económico e innovador.

Sin embargo, mientras leía los informes Draghi sobre competitividad europea, hubo algo que llamó mi atención: la alimentación apenas aparece como un ámbito estratégico propio. Y resulta curioso. No porque la alimentación haya dejado de ser importante para Europa. De hecho, probablemente ocurre justo lo contrario.

La alimentación está directamente relacionada con algunos de los grandes desafíos que Europa intenta abordar: la salud pública, la bioeconomía, la resiliencia de las cadenas de suministro, la autonomía estratégica, la transición ecológica, la innovación biotecnológica o el desarrollo territorial[1]. Es difícil encontrar otro ámbito capaz de conectar de forma tan directa con tantos objetivos políticos, económicos y sociales al mismo tiempo. Y, sin embargo, cuando hablamos de competitividad europea, rara vez hablamos de alimentación. Resulta llamativo si tenemos en cuenta que la industria alimentaria y de bebidas constituye la mayor industria manufacturera de la Unión Europea, con más de 4 millones de empleos directos y cerca de 300.000 empresas, la mayoría pequeñas y medianas empresas. Su impacto va mucho más allá de la producción de alimentos, influyendo en el empleo, las exportaciones, el desarrollo territorial y la cohesión económica de numerosas regiones europeas[2].


Esta observación resulta aún más llamativa si la comparamos con el actual programa Horizon Europe. Dentro de su Pilar II, la alimentación dispone de un espacio claramente definido a través del Cluster 6, dedicado a Food, Bioeconomy, Natural Resources, Agriculture and Environment. En este marco, FOOD no aparece de forma tangencial ni implícita. Tiene una identidad propia, una narrativa reconocible y un conjunto de prioridades claramente definidas: seguridad alimentaria y nutricional, sistemas alimentarios sostenibles, bioeconomía, economía circular, digitalización o innovación basada en recursos biológicos. En Horizon Europe, FOOD es visible.


Sin embargo, cuando observamos las primeras señales que están marcando el diseño del programa Marco FP10, el lenguaje parece cambiar. La propuesta de Horizon Europe 2028-2034[3] plantea un programa más grande, más simple, más rápido y más orientado al impacto, con un presupuesto previsto de 175.000 millones de euros. Pero los conceptos que dominan el debate ya no son tanto sistemas alimentarios, nutrición o bioeconomía sostenible, sino competitividad, impacto, despliegue, simplificación, tecnologías críticas, liderazgo industrial, autonomía estratégica e innovación orientada al mercado.


La alimentación sigue estando presente, pero ya no aparece necesariamente con nombre propio. Aparece a través de la biotecnología. A través de la bioeconomía. A través de las ciencias de la vida. A través de la resiliencia. A través de la industria. A través de la salud. A través de la digitalización. Esto puede parecer una discusión terminológica, pero tiene consecuencias muy concretas. Cuando una empresa desarrolla nuevos ingredientes a partir de corrientes secundarias, incorpora inteligencia artificial para optimizar sus procesos o utiliza biotecnología para generar productos de mayor valor añadido, no está contribuyendo únicamente a objetivos de sostenibilidad. Está desarrollando capacidades tecnológicas, industriales y económicas que Europa considera estratégicas para su futuro. Y aquí surge una contradicción que, en mi opinión, merece una reflexión.

La alimentación no está perdiendo relevancia en Europa. Está ganando transversalidad. Pero precisamente por eso corre el riesgo de perder visibilidad.

Y la visibilidad importa más de lo que a veces estamos dispuestos a reconocer. Las prioridades europeas no se construyen únicamente a través de presupuestos. También se construyen a través de narrativas. Las narrativas permiten movilizar inversiones, generar alianzas, orientar estrategias empresariales, atraer talento y explicar por qué un ámbito merece atención política. Todo el mundo entiende qué representan hoy la inteligencia artificial, los semiconductores, la defensa, el espacio o la energía. Son ámbitos con una narrativa clara, fácilmente identificable y políticamente reconocible.


Pero ¿cuál es hoy la narrativa de la alimentación?; ¿Sostenibilidad? ¿Salud? ¿Bioeconomía? ¿Biotecnología? ¿Resiliencia? ¿Competitividad?

La respuesta probablemente sea: todas ellas. Y quizá ahí radique tanto su fortaleza como su principal desafío. Porque cuando un ámbito contribuye a demasiadas prioridades, corre el riesgo de diluirse dentro de todas ellas. La alimentación puede ser clave para la salud preventiva, para la bioeconomía, para la autonomía estratégica, para la competitividad industrial, para la valorización de recursos, para la seguridad de las cadenas de suministro y para la transición ecológica. Pero si aparece repartida entre todas esas agendas, ¿quién la reconoce como una prioridad estratégica en sí misma?

Esta es, quizá, una de las preguntas más relevantes para la próxima etapa europea. No si FOOD seguirá siendo importante. Lo será. Pero quizá la cuestión no sea únicamente si seguirá siendo reconocible. Quizá la pregunta relevante sea otra: ¿está sabiendo posicionarse dentro de las nuevas prioridades europeas? Porque mientras Horizon Europe se construyó en torno a grandes desafíos sociales y ambientales, las primeras señales de FP10 apuntan hacia una narrativa más vinculada a la competitividad, la capacidad industrial, el liderazgo tecnológico y la autonomía estratégica. Y esto plantea una reflexión incómoda. Cuando Europa defina las capacidades estratégicas que necesita para competir en 2040, ¿aparecerá la alimentación en esa lista? Porque las prioridades europeas están cambiando. Y quizá la pregunta que FOOD debe responder no es qué problemas ayuda a resolver, sino qué futuro ayuda a construir. En un contexto en el que Europa busca reforzar su competitividad y su autonomía estratégica, la alimentación no puede seguir siendo un activo invisible. Todos tenemos un papel que desempeñar: como consumidores, valorando y eligiendo productos de calidad; como empresas, apostando por la innovación y el desarrollo; como investigadores, generando conocimiento útil; y como responsables públicos, impulsando políticas que fortalezcan el sector. Cada decisión cuenta. Reconocer el valor de nuestros territorios, agricultores, ganaderos, industrias, sistemas de Calidad, etc. es también una forma de construir el futuro que queremos para Europa. Porque la alimentación no solo forma parte de nuestra economía: forma parte de nuestra identidad, nuestra resiliencia y nuestra capacidad para competir y prosperar


[1] EU competitive compass (2026) (https://commission.europa.eu/topics/competitiveness/competitiveness-compass_en?utm_source)

[2] FoodDrinkEurope – Data & Trends of the European Food and Drink Industry 2024 https://www.fooddrinkeurope.eu/resource/data-trends-of-the-european-food-and-drink-industry-2024/

[3] Horizon Europe 2028 – 2034: twice bigger, simpler, faster and more impactful (2025) (https://research-and-innovation.ec.europa.eu/news/all-research-and-innovation-news/horizon-europe-2028-2034-twice-bigger-simpler-faster-and-more-impactful-2025-07-16_en?utm_source)



Julia Pinedo
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